El susurro del pacto

Begoña Quiñones y Verónica Garzón | Pacto

El susurro del pacto
Pacto
Begoña Quiñones y Verónica Garzón
7 de marzo
Por Nuria Ruiz de Viñaspre


Yo hago un pacto contigo, Walt Whitman.
ya te he detestado lo suficiente.

[…]

Nosotros tenemos la raíz y la savia:
que haya intercambio entre nosotros.

Ezra Pound

Pactum. Tratar de llegar a un tratado entredos enredos o más partes que se comprometen a cumplir lo estipulado por una falta de acuerdo, entendimiento o conformidad entre dos personas o más cosas. Son mil los escenarios que existen para llegar al pacto. La creación artística. La paz. La población. Los gobiernos. Los hermanos.
En este pacto, pieza pactada sin música, Begoña Quiñones y Verónica Garzón son la raíz y la savia. Ambas nos hablan de las dificultades de la creación artística desde el mismísimo ágora. Escenario genérico de las polis, aquellas ciudades griegas en las que los ciudadanos se reunían para debatir, hacer representaciones teatrales, juegos u otros actos religiosos y políticos. El ágora aquí es el corazón, el lugar en el que se fraguan los pactos de convivencia. Todo un ejemplo trasladable a otros escenarios.

Voz 1. Era
Voz 2. No lo era
Voz 1. Lo veo
Voz 2. No lo veo
Voz 1. En el centro no. En el centro no se empieza. Eso es un clásico

He aquí la desavenencia, la oposición, la discordia, la contrariedad. Pero ¿cómo llegar al opuesto? ¿al acuerdo, al entendimiento? ¿cómo llegar a la paz? Begoña Quiñones y Verónica Garzón lo hacen dialogando con el cuerpo. Llegan al entendimiento probando, experimentando lugares, situaciones y maneras nuevas de darse la mano. Teatro físico entremanos. Dos voces se juntan en el aire (como si fueran dos pelotas en manos de un malabarista) y buscan el consenso y lo no-descubierto a través de un espacio sin paredes. Extendiendo el brazo y el cuerpo buscan la esquina del otro con el fin de sostenerse en la avenencia. En el acuerdo. De ahí que el trabajo que Begoña y Verónica desarrollan con los brazos sea tan extremo. No tiene límites, como no los tiene tampoco su deseo de pactar. Aquí empieza la negociación.

Ellas saben que así se desarreglan las guerras y se arregla el mundo. Pactando. Creando nuevas construcciones colectivas. Es el apoyo mutuo. Darse la mano, una vez llegado el acto del pacto. Apoyarse en el otro. Escuchar y dejarse llevar. Ambos cuerpos aplauden. Porque caminan con la mano del otro. Aprovechan el pacto para empujar y tirar y después, sigue siendo empujada sin la mano que empuja. La inercia. Solo así nos cuestionamos la naturaleza del pacto.

Visualicemos un pacto. Un malabarista juega y entrena con tres pelotas. Las lanza al vacío y la destreza está en que ninguna de ellas caiga al suelo. En el escenario de la vida todos somos malabaristas. Se llama supervivencia. Pero la realidad es que en algún momento de tu vida se te caiga una pelota. Saber qué pelota de las tres se te cae al suelo y cuál logras mantener en el aire es lo importante. Esa es la clave del malabarismo de la vida. En el escenario de Begoña y Verónica, cada una juega con el cuerpo de la otra. Con su gravedad. Y ninguna de las dos llega a caer. Y de caer alguna, la otra sabrá que esa pelota, ese cuerpo rebotará en sus manos. El malabarista requiere de mucha destreza para mantenerse en un punto sin caer y soportar una situación peligrosa. Así llegan al extremo. Con el apoyo de la otra.

Cuando la música nos exime, las canciones de dar palmas se convierten en una negociación. Por eso aquí el pacto es susurro. Pieza muda, sin música, pero tan elocuente, donde el sonido de las palmas chocando es la banda sonora bajo la que finalmente se alcanza el pacto. 1000 maneras de darse la mano. 1000 maneras de pactar en un ensayo. Encarar y retirarse. Retirarse y encarar sin dejar de juntar las manos de una con la otra. Y así, esas miles de veces que hay discrepancias en el apretón, sus manos son lanzadas al aire (de nuevo, como si fueran pelotas). Llegar al centro del entendimiento, aunque sea un clásico saber que en el centro no se empieza.

Pacto es una reflexión coreográfica donde una ve la mano llegar y aprovecha la disposición de su cuerpo para el choque futurálgico de manos con la otra. No son bofetadas. Son apretones de paz. Y es que la paz también tiene sonido.

De nuevo el juego. Tiro de cuerda, porque todo escenario es un tira y afloja. Tirar la cuerda hacia un extremo y la otra tirarla hacia el otro. Pactar es dialogar para que esa cuerda no se rompa. La inocencia de la niñez en ese tirar la piedra y esconder la mano, aquí no es otro que un ofrecer la mano y esconder la mano. Y es que la mano sin la mano del otro siempre está a desmano. Música palmádica de carne y de hueco y hueso. Pactar es darse la mano hasta el punto de ser dos una sola mano. El Pactor. La nueva casa construida del Pacto. Pactar es comprender al otro en su silencio. Salvarse de caer al vacío agarrándose a las uñas del otro. De nuevo el juego. La rayuela, puntería y equilibrio donde la destreza es saltar a la pata coja. A la mano coja. Sin pisar las líneas ni tocar el suelo con el otro pie. Con la otra mano.

Trasladable a la política, el pacto tiene la finalidad de consolidar gobiernos. Trasladable a la ciudadanía el pacto tiene un fin social. Todo escenario genera una finalidad. Aquí el pacto se plantea como una fuga al cuerpo. El cuerpo único o dividido como materia. Como instrumento para buscar la avenencia. Toda una reflexión coreográfica que nos amplía los posibles escenarios en los que experimentar el pacto.

Esta pieza fue la ganadora del 32º Certamen Coreográfico de Madrid, bajo la dirección de Laura Kumin.

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