
9 marzo 2024
Museo Nacional del Prado
Foto: Elena Quintanar
Danza atemporal
Nuria Ruiz de Viñaspre
Como si de un animal indomable se tratara, la coreógrafa Sol Picó aparece en la sala de las Musas del Museo del Prado con todo su pasado a cuestas, coherente con la esencia que tiene todo espacio museístico. Una imagen vale más que mil palabras, así que, sostenida por múltiples cintas, venas rojas que la tensan y destensan, esta primera escena se resignifica en la Sala de Musas, enviándonos, entre otros, el mensaje de NO PASAR, como esas bandas o caballetes de centinela que limitan o guían un paseo museístico, o por el contrario, definen un camino cercado o cercan la escena de un suceso. Cintas que inmoviliza, cinta extensible que más que dar espacio, lo corta. Lo coarta. Como el niño que se aferra al hilillo del globo, dominando su vuelo. Inmovilizando su vuelo. Tejer y destejer donde otras manos manejan la libertad del otro. Las manos de la sociedad que en esta primera escena bien pudieran ser las bailarinas que manejan la fuerza de Picó. Esta resignificación tiene mucho que ver con la esencia de Lastre, donde la coreógrafa se lanza con arneses rojos a un flamenco prodigioso con puntas de bailarina, un flamenco-denuncia, un flamenco que logra cortar la soga que la ata por su madurez, que desacata la orden de NO PASAR y exorciza la idea de cómo la sociedad aparta todo aquello que cree en desuso. Porque ¿cuántos años tiene un cuerpo que baila? ¿Tiene utilidad un cuerpo de más de 55 años en el gran espectro de la danza? Sabemos que la danza es cuerpo y el cuerpo es el habitáculo de nuestra alma, que detrás de los cuerpos ocurren cosas, y estas cosas, por muy ocultas que estén, son perfectibles sobre un escenario. Bailar es contar y para contar no hay límite de edad.
Una pregunta que todos nos hacemos y cuya respuesta todos conocemos es qué le hace el tiempo al cuerpo. Pero si juntamos la pregunta a un cuerpo determinado, la respuesta puede verse modificada. Y si lo juntamos un centímetro más, la pregunta sería qué le hace el tiempo a un cuerpo de más de 55 años que además baila sobre un escenario.
Extracto de la pieza Titanas, punto de encuentro, la premio Nacional de Danza, Sol Picó nos trae este site specific Lastre. Y qué buen título elegido si has podido disfrutar de la obra completa, sabemos que el lastre es ese material pesado que al ser soltado, todo alrededor adquiere ligereza. No en vano la expresión “soltar lastre” tiene mucho que ver con este site-specific, un solo que marca el punto inicial de una trilogía en la vida de la coreógrafa al embarcarse en un proceso de liberación, transformación y sanación. Bailar es liberador y aúnelo es más en cuerpos de mayor edad.
En esta pieza, Picó está decidida a encaminarse –ligera de peso– hacia otro lugar. Durante el trayecto experimentará una renovación vital que la configurará de manera única. De este modo, Picó desafía la realidad y busca nuevas experiencias. A medida que su vitalidad disminuye, se enfrenta al final de una etapa y reflexiona sobre la muerte como parte de su obra. Comienza un proceso interno de transformación liberándose de apegos innecesarios y cuestionándose creencias obsoletas. A través de algo muy ritual se eleva hacia lo desconocido explorando su alma y experimentando un éxtasis profundo. En definitiva, reflexiones sobre la muerte, la transformación interna y la búsqueda del éxtasis en una existencia desconocida.
La inmersión que posteriormente tienen las bailarinas con el público en la Sala de las Musas, haciéndonos partícipes, nos interpelaba. Nos ponía frente a los ojos la reflexión de porqué los cuerpos que no sirven en la sociedad son escombros. He ahí la reflexión subterránea a la que nos llevan las bailarinas. La demostración de que sí sirven, que tienen una fuerza poderosa que la da la veteranía. Ser outsider, estar en las antípodas de la sociedad. Eso es Lastre, la libertad creativa que da la madurez. Dejar al cuerpo hacer lo que le de la gana y visibilizarlo.






