101 Volando- Museo de Ámerica

10 de marzo de 2024
Museo de América
Fotos: Elena Quintanar

Haciendo camino al volar

Nuria Ruiz de Viñaspre

En general, la mayor parte del trabajo de la Premio Nacional de Danza, Carmen Werner, está sostenido no solo en el cuerpo, sino en la palabra, en el verso, y desde esa tensa cuerda se descuelga luego el fino pero fibroso y poderoso cuerpo cuyo perfil, casi germánico, nos recuerda a Pina Bausch, la gran madre de la danza. Y es que Werner es la Bausch española. Como dice ella: “A mí me gusta siempre basarme en un concepto, en una idea para poder hacer un desarrollo. Y esa idea está basada en la palabra. En el lenguaje. Ella es ese escritor que conoce bien la gramática.

Así lo dice esta pieza 101 volando con un epígrafe perteneciente a Pájaros, del poeta y diplomático francés Saint-John Perse, toda una declaración de intenciones.

 (…) con todas las cosas errantes por el mundo, cosas al borde de la hora, van donde van todos los pájaros del mundo, a su destino de seres creados… A dónde va el movimiento mismo de las cosas, en su oleaje, a dónde va el curso mismo del cielo, sobre su rueda, a esa inmensidad de vivir y crear por la que se conmovió la gran noche de mayo, van, doblando más cabos de los que creen en nuestros sueños, y pasan, dejándonos en el océano de las cosas libres y no libres. Ignorantes de su sombra, sin saber de la muerte sino lo que de inmortal se consume en el ruido remoto de las grandes aguas, pasan, abandonándonos, y ya no somos los mismos. Ellos son el espacio atravesado por un único pensamiento.

El danzante solista –Cristian López Sánchez– es el pájaro del poeta. Así lo decide Werner, porque ella tiene en sus manos una fuerza de pájaro. El bailarín vuela de la mano de Werner como los poemas, dispersándose por el escenario. Y donde su cuerpo es un desorden de metáforas. A veces también es cuervo en manos de Poe por su notable musicalidad, el lenguaje estilizado y la atmósfera sobrenatural que con solo su presencia nos transmite la idea de la coreógrafa. Un pájaro que sabe que la naturaleza es el origen de toda nuestra existencia. Un pájaro que conoce bien el trabajo de suelo, el aéreo, el espacio y la alineación corporal. Toda una oda a la movilidad del cuerpo y a la movilidad del pensamiento. Un pájaro con vistas al jardín del Museo de América.

101 volando, es todo, trata del ser humano, de su presencia humana. Como sigue diciendo el poeta… “Y el pájaro, impreso en el ojo del cazador, se vuelve el cazador mismo en el ojo de la bestia, como ocurre con el arte de los esquimales. Bestia y cazador atraviesan juntos el vado de una cuarta dimensión. Marchan al fin, al mismo paso, desde la complicación de ser, hasta la felicidad de amar, dos seres ciertos, emparejados”. Toda una oda orgánica a la movilidad del cuerpo y a la movilidad del pensamiento.

Dentro o fuera de una jaula a modo de escalera, la cabeza de Werner en esta pieza y en el cuerpo del bailarín, posee ese lenguaje característico en el que combina a la perfección el movimiento coral, la palabra, la voz y las cosas, ideando un sinfín de mundos posibles. Una obra orgánica como las murmuraciones de los pájaros y una estupenda iluminación de Cristian López Sánchez

Es importante destacar que para Carmen Werner todo se resume en una frase, la danza para mí es la vida. En solo una línea está toda la vida de Werner y ese cuerpo que es como un mapa de cicatrices. Un cuerpo que ha trabajado hasta el infinito y que a la vez conserva toda su energía y todo su nervio.

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