Melania Olcina Yuguero y Juan Crespo - Museo de Artes Decorativas

Día 30 de marzo de 2023
Museo de Artes Decorativas
Fotos Elena Quintanar

Las trompetas del cielo

Nuria Ruiz de Viñaspre

Y las sombras se abrieron otra vez y mostraron un cuerpo
Octavio Paz

Todo instrumento de viento necesita viento, lo mismo ocurre con el cuerpo humano, que necesita de ese mismo viento para respirar. Así, la acción conjunta de inhalar y soplar aire es común a ambos cuerpos: el cuerpo del trombón –a través de la boca del trombocista Juan Crespo– y el cuerpo de Melania Olcina, bailarina que ya nos tiene acostumbrados a la investigación de su cuerpo mezclado con otros elementos externos. Así, en La declamación muda, ambos cuerpos van trazando mapas creando la cartografía del instante. Movida por el viento del trombón, perseguida por él, el cuerpo de la bailarina es un vendaval que gira en círculos bajo otro gran círculo. Ella es el compás que traza y también araña el círculo en movimientos aéreos. Dentro de ese círculo hay otro círculo, pues en la cabeza de Melania un molinillo gira y gira con el viento del trombón que es trombo de agua en su oído y en su cuerpo resonante.

Ya en el siglo XV se conocía al trombón con el nombre de sacabuche, y eso es exactamente lo que hace el trombocista con el cuerpo de Melania, sacar el majestuoso y poderoso sonido del estómago del trombón y coserlo en jazz al estómago de la bailarina. Por tanto, si tuviéramos un curvímetro, podríamos medir la longitud exacta que había de la curva que formaban ambos cuerpos, y donde la columna de aire del trombón se convertía en la columna vertebral de Olcina. Todo medido sobre el mapa, una proyección preciosa en la superficie del amurallado suelo del Museo de Artes Decorativas. Así, esa llamada del trombón, como si fuera “un elefante soltando el aire al aire” va actuando como un generador de la energía corporal de la bailarina.

En un suelo de mármol que es océano navega una embarcación de vela donde Juan es navío, el trombón es viento y Melania es vela que propulsa otro aire. Hay abejas en el pelo de Melania que se rinden mortalmente al suelo. Su zumbido recorre la sala bajo el prodigio de otros aires. Vendaval dancístico que se acaba convirtiendo en una preciosa burbuja poética de aires que revientan dentro de su estómago. El cuerpo de Melania, como si fuera una preciosa muñeca de trapo pero con un dominio prodigioso, con esa limpieza tan Olcina, suena y se moviliza por un sonido que se pone a sus pies. Estamos ante un vaivén de ritmos que dejan la verdad a un lado y donde muñecas, rodillas y pies truenan en el círculo sin techo del museo. Es la propia respiración de la danza la que la mueve. Es la respiración del trombo. Su respiración entremezclada.

Un cuerpo sonante es aquel cuerpo que es capaz de producir sonido, como una campana, una cuerda tendida, un tubo, el cuerpo de Melania, el trombo de Juan, un hueco… Ese es el cuerpo sonante en La declamación muda, un cuerpo único donde el silencio ulterior es pura elocuencia.

El sonido del trombón nos aleja de la tierra, nos eleva y su silencio nos nada. Nos enseña escenas hermosísimas y muy poéticas que requieren de una alta concentración para ser bailadas, como cuando el trombón afila la espalda de Melania, como si el cuerpo de Melania fuera un violín y el trombón el arco con el que se toca ese violín y que hace que el cuerpo de la bailarina vibre. Vibración que tiene una resonancia en el universo. Rozaduras en una dinámica de “un aprieta y aflojad eterno». Otra escena interesante es cuando el trombón se transforma en dos y torean bailarina y músico agarrados a un  capote. Ya son un solo cuerpo los tres sonantes. He ahí la declamación muda, en la que el silencio y el sonido nos lleva a la actuación natural donde la estética y la elocuencia son las madres del cordero.

Toda una historia de amor, pues sabemos que la declamación es un arte escénico que se desarrolla frente a un público que observa y escucha, ahí nosotros, meros testigos amorosos oculares y auditivos del amor entre trombón y cuerpo.

Al final una nana acuna los dos cuerpo a tierra, inertes, como si fueran una prolongación, una extensión de lo que fue y se fue.

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