La torre de Babel

Muriel Romero - Oecumene

Oecumene
Muriel Romero

La torre de Babel
Por Nuria Ruiz de Viñaspre


Volveré y seré millones

José María Castiñeira

 

En un principio, sobre la Tierra, solo se hablaba un único idioma. Así hasta que los hombres empezaron a tener la ambiciosa idea de edificar una torre que fuera tan alta que pudiera desde tierra tocar el cielo. Era la torre de Babel. Yahvé, el dios de los hombres terrenales observó la torre sin terminar y dijo: “todos forman un solo pueblo y todos hablan una misma lengua, pues bien, descendamos y confundamos su lenguaje de modo que no se entiendan los unos con los otros”. Babel viene del hebreo balbál que significa confundir, siendo ese el deseo de Yahvé, confundir las lenguas y esparcirlas por todo el planeta. Sabemos que la torre de Babel es también el lugar donde nació la comunicación. Pues esto parece ser la base sobre la que Muriel Romero construye con sus brazos sensoriales (de sensor) su propia torre. La controversia lingüística.

Tras la desorientación del hombre en la globalización y como crítica simbólica a cualquier nacionalismo, Muriel plantea un rascacielos que aterriza como una torre de Babel (guiño moderno a la torre Agbar) sobre una cabeza de perfil egipcio. Imaginería antigua que es sinónimo de modernidad con su colosal colmena. Atalaya que marca sarcástica la entrada al intermundo. Aquí no hay orígenes ni destinos geográficos. Aquí la geografía es un mapa interactivo. Un mapa compuesto por la ecúmene, aquella tierra habitada por todos los hombres y mujeres y la anecúmene, aquella otra porción restante de tierra deshabitada. Porque ¿qué importa de dónde seas? ¿de dónde vengas? ¿qué importa tu idioma? En cualquier caso y hablando ya de tierras habitadas o no, tras un confinamiento donde hemos deshabitado el mundo, esta pieza de Muriel Romero nos reconquista el espacio perdido. Ella propone el lenguaje deslenguado. Va creando el mundo con sus brazos petroquímicos. La reorientación de un géiser que como el Tratado del Cielo brota de las profundidades del ser y cuyo jeroglífico nos viene a hablar de aquel lugar en el que viven aquellos hombres y mujeres que hablaban 7000 lenguas. Aquí no hay excepciones. Es la zona templada de la masa que somos. Luces y galaxias habitadas por nosotros mismos, seres interlumínicos. Danza y tecnología en muñeca y tobillo. Cuerpo de luz donde los brazos mandan órdenes y el mundo acata. Cuerpo laminado, diseccionado por su propia luz, metálico cuerpo que como un pequeño dios crea el mundo bajo las músicas de Pablo Palacio que tienen la lengua del revés.

Hay un punto también ambicioso, como en la construcción de aquella originaria torre de Babel, ya que como ese dios que construye un mundo, sabe que puede destruirlo. De este modo, con un ojo puesto en la eternidad, la inventora Muriel Romero nos presenta la evolución extrasensorial en Oecumene donde, uniendo tecnología y arte, como queda inscrito en su penacho, reflexiona sobre los límites de un cuerpo ya sin límites. Las extensiones de sus brazos automáticos, sus brazos electrónicos, nos hablan de la idea de panal de abejas como espacio icónico. Ellos van creando, a roce de sensor, luces de vidrio, epifanías y artificios, instalaciones lumínicas que levantan un nuevo mundo donde todos tienen cabida. Todo lo cual nos recuerda que la tierra está en medio del cielo y que es esférica, por lo que no tiene necesidad ni de aire ni de más apoyo que el que la habita y deshabita. Movimientos mecánicos que flotan en el mar global de la mecánica. Un cilindro con su ecúmene en una de sus lados más planos donde el sonido y el juego de voces inversas a través de los alféizares son sus señas de identidad.

La interacción continúa. Movimientos de torsión hacia el interior, hacia el espacio visto como íntimo. Proyecciones y secuencias que a golpe de tobillo va creando espacios nuevos. La luz, el sonido los hace nacer. Tomografía de la danza donde los sonidos sintéticos transforman la voz humana y afectan a la simulación propia del cuerpo. Un cuerpo teórico que piensa con el cuerpo diseccionado por líneas y enhebra la inteligencia humana con la inteligencia artificial para remendar la esfera. ¿Quién da luz a quién? Oecumene es una exploración sinestésica del rendimiento artístico tradicional y el arte digital. Es un espacio interactivo, mapeado a través de una danza casi digital que nos amplía y amplifica ojo y oído. La unión de todos los sentidos unido a la tecnología. Solo así es posible establecer un vínculo histórico.

Para finalizar, y como si se tratara de una danza hindú, las manos en mudra expanden el mundo inverso a su antojo. Pulgar más corazón desemboca en fuego y éter. La lengua inversa, las mil lenguas inversas donde gorrión o garza suenan como nóirrog o azrag. Esa es su particular torre de Babel. Una torre habitada por seres extrasensoriales.

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