La trenza del tiempo

Rafaela Carrasco | Ariadna. Al Hilo del Mito

Ariadna. Al hilo del mito
Rafaela Carrasco

La trenza del tiempo
Por Nuria Ruiz de Viñaspre


Cuando uno toma conciencia del misterio de la existencia y no lo entiende,
pero por pura sinceridad y coherencia interior necesita respuestas hasta el dolor,
entonces uno encuentra su dorado y maravilloso hilo de Ariadna

Cyrano


Ovillo, bola que se forma enrollando un hilo sobre sí mismo. Ariadna, mujer que se forma enrollando un huso que es trenza que se tensa y se destensa sobre sí misma. Imaginad un hilo. Todo fin es un principio.

La música, la tierra y el flamenco es aquí el hilo que te ata a aquel otro hilo tan antiguo de Ariadna. Esta misma Ariadna que sacó a Teseo del laberinto, también ha sacado a la detenida modernidad de su confinamiento. Todos subidos a su trenza de aire.

Rafaela Carrasco, cuyo cuerpo atravesado por unas líneas de fuerza invisibles, pone en un extremo de su trenza la libertad y en el otro el miedo a la libertad. Llamémoslo confinamiento. Entre medias, el tiempo curvo. El haz de luz deshace metros y metros de un cabello que viene ya de antiguo. Los brazos siempre al aire del arriba, como cuernos de consagración y arcilla, recordando al minotauro, como aquellas esculturas cretenses en las que un ejército de serpientes se enroscaba hacia arriba. Como aquella trenza del tiempo se enroscaba en ella misma. Los brazos siempre separados del cráter que es su cuerpo, quitándole dureza a la figura que fémina y mente nos relata hechos. Ella, el otro toro sagrado, toma el nombre de Ariadna y su larga trenza es la sociedad. Una sociedad burguesa, gruesa y justiciera. Como un ortodoxo todo. Estamos ante el estado de una potente presencia donde se unen y se mezclan el cuerpo y el universo, el hilo de la vida y el laberinto.

Te doy el espacio que yo quiera dentro de mi isla. Esa es su pulsera con tatuaje. Su propio laberinto del que si sabrá salir.

¿Qué es la mente sino un intrincado laberinto? Un hambriento laberinto que te engulle ya en la entrada y del que es complicado salir. Carrasco se adelgaza en cada esquina solitaria buscando la rendija, el aire, la mente y el amor de un prójimo perdido. El sistema, rígido, es el suelo sobre el que baila el tacón, aire de libertad. A través de su aguja ese tacón enhebra el viaje hacia el interior de su mente. Carrasco es la tejedora solitaria que baila el hoy que llega del pasado.

El compañero que mató al minotauro sigue a través del baile el laberinto que se ha estampado en el traje de la bailaora. La geografía antigua es una Oda que luce en el vestido. Laberinto del caminante. Una Ariadna mitológica que nos recuerda la libertad y el viaje. Bajo la dureza de sus pies, el terremoto. Mascletá letal bajo unos pies andantes. El silencio es una flecha. Tierra y hierbabuena dialogan con tacones. Trenza del pasado que es el hilo de esta Ariadna. Extender. Desextender. Medir el tiempo. Medir la libertad en ese refugio reducido. Atada a la trenza se revuelve. Mi huella es mi camino.

Dominada pero dominante pero dominada pero dominante, el hilo va girando siendo rueca de otro hilo. Atada la muñeca con cinta métrica de medir el tiempo, recoge los tirados años del pasado. A los lados, sus propias manos. Manos que la miran, la escrutan, la increpan. Cara a cara se enfrenta a su propio minotauro. La compasión está en el vuelo de su falda, barco en el que embarca y donde ella flota sobre el ancho mar de ideas solitarias. El amor, la muerte y los ojos del primero. Manos periscopios que ponen el zoom en el pasado y lo traen, lo retraen en los raíles de sus brazos. A lo lejos se oye la tragedia, mientras con los brazos se quita los despojos de otros años esclavos para entrar en otros brazos más esclavos.

Disparos.

Maravilloso final de toque existencialista donde nos abandona pensando en el laberinto el hilo, el cosmos, la fábula, el sueño, la soledad… El hilo se ha perdido; el laberinto se ha perdido también. Ahora ni siquiera sabemos si nos rodea un laberinto, un secreto cosmos, o un caos azaroso. Nuestro hermoso deber es imaginar que hay un laberinto y un hilo. Nunca daremos con el hilo; acaso lo encontramos y lo perdemos en un acto de fe, en una cadencia, en el sueño, en las palabras que se llaman filosofía o en la mera y sencilla felicidad (Jorge Luis Borges).

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