La danza del subconsciente

Cristiane Boullosa

[…] debo relegarme a mí mismo, postergarme, pasarme por alto como el ojo debe pasarse por alto para poder ver algo del mundo […] porque existir significa salirse de sí mismo y enfrentarse consigo mismo.
Viktor Frankl


El vocablo hombro proviene de humerus, del griego omos. Así se llama a la parte exterior de la clavícula que se apoya sobre la escápula u omóplato. [H]omoplato por tanto es hombro y plato, el hombro apoyado en el plato, y todo plato es suelo, base y peana. Es el hueso de la espaldilla. Hoy abarca todas las palabras y expresiones relacionadas con la parte dorsal, es decir, la espalda , incluida la columna vertebral. Estamos ante un espectáculo de danza y sabemos que la modernidad reconoce en el húmero cinco movimientos diversos: hacia arriba, hacia abajo, hacia adelante, hacia detrás y alrededor. Como si fuera una esfera perfecta. La música de las esferas. La armonía de las esferas. Sabemos que la armonía de las esferas se basaba en la idea de que el universo estaba gobernado según unas proporciones armoniosas dentro del Cosmos.

Cosmos. Escribo Cosmos y vemos que la palabra Omos está ahí incluida. Encerrada. Un vocablo incluso en un cosmos inconcluso. La investigación escénica está servida. Danza y música en una improvisación en vivo. Porque el mundo es una improvisación constante.

La danza perdida, de la compañía Omos Uno, escrutar concretamente los movimientos de Cristiane Boullosa es ser testigo del salto que da del Cosmos al Omos. Ser testigo de ese baile de letras. Ella te incluye en una esfera donde todo se mueve en su particular Cosmos. Boullosa inicia ese baile como si fuera una mariposa reflejada en el cristal. Al fondo dialoga un estanque dorado. Bajo sus pies el mismo estanque en el que se mira un Narciso. Un sistema de esferas donde, como digo, el fondo y la forma se juntan.

A través de la improvisación, Cristiane quiere que la danza llegue a todos los cuerpos y vaya hacia todos los cuerpos. Recordemos aquí los cinco movimientos del húmero ya mencionados: hacia arriba, hacia abajo, hacia adelante, hacia detrás y alrededor. Así ella conecta con el movimiento que hay fuera de todos nosotros. Fuera. Dentro. Exterior. Interior. El claustro ajardinado del Museo de América. Donde uno ya no sabe dónde la celosía. Si esa celosía encierra con celo lo que está dentro o encierra lo que está fuera.

Al otro lado del otro, la decrepitud del mundo vestida de niña y de novia. El intervalo de una vida. Un alguien que camina hacia ¿dónde? ¿Hacia lo perdido? ¿Hacia la danza perdida? Escultura femenina que el aire libre mueve como se mueve una niña perdida bajo el sol perdido dentro de un Cosmos perdido. Mariposa sin tiempo o girador derviche cuya meta es una pared de metal. Palomilla estampada en el cristal mientras la danza repta como una bella larva por las flores del desierto. La música la rapta y la lleva a las afueras. En las afueras un vagón de tren la lleva a su vez hacia ningún lugar. El destino es otra palabra cuyo único destino es la palabra.

¿Encerrada en el exterior? ¿O encerrados en el exterior? El Cosmos es un teatro donde uno ya no sabe quién mira a quién. Ella es una mujer sin tiempo. Niña-vitrina. Niña-sol que con sus alas abre la estancia al mundo exterior y cierra esa estancia al mundo interior. De fuera y de fiera adentro. Cola de novia que la sigue en círculos allá donde va su danza perdida. Baile abandonado con encajes de oro destilados y cabellos de oro envejecido. La música despeina el flequillo de su mundo a golpe de trajes, tráquea y hojalata. De lo mismo que está hecho el hombre. Su cuerpo abanderado aterriza en tierra y es un helicóptero sin piloto. Arriba, un ladrillo de techo. Un ladrillo de cielos la está mirando.

Flores estampadas en su estampado cuerpo. Orgía de orugas saliendo del capullo del mundo. Alrededor, un paisaje de ojos la escucha. Un baile lepidóptero nos ofrece su cáliz y su estambre en movimientos improvisados.

Mariposa Monarca perdida en un mundo sin vientos ni alas. Su gran travesía es su cabello. Su cabello es su traje, su cuerda y su látigo. El sol disecciona el paisaje y ella es un espacio echado al sol. Desata lo que le ata, pero la gravedad no la suelta y su propio cabello la ahorca. Se corta la cuerda. Su cuerpo es la cuerda. Y es una cuerda que expresa la longitud del nuevo mundo. Pies tensados pies trenzados. El cabello es su cuerda. La cuerda la guía. La cuerda es su guía. La guía de la locura. Creer o no en el siguiente paso. El vuelo de su cuerpo es el dictado. El fin es su principio.

Cristiane a veces desarrolla el minimalismo de una danza lenta que nos recuerda que no solo somos humanos. Sus movimientos, a veces tomando forma de animales, mimetizándose en lepidópteros u otros seres invertebrados, hacen del equilibrio otras cuerdas de guitarra. Toda una herramienta transformadora la música en directo que toca cada músculo de ella, que rompe barreras, paredes, cristales, afueras y adentros. Como si fuera todo un lamento bailado, una fiesta, un retorcerse en su condición de humana. Allá donde todo se tensa en círculo.

Vuelve a su mundo. De adentro a afuera. El mundo estampado quedando encerrados entre rejas el resto. Puertas abiertas que se cierran y puertas cerradas que se abren. Lo interior y lo exterior. ¿Qué es más desconocido? ¿Qué nos es más ajeno cuando la luz es ideal y es la misma? La danza perdida es el asombro en las dos orillas porque somos neonatos en ambos lados. Vida y muerte es uno. El afuera y el adentro es uno. El baile transformador del mundo. El baile como terapia.


Por Nuria Ruiz de Viñaspre

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