La abundancia del vacío

Poliana Lima

 El cuerpo no es más que una versión más lenta
de lo que no es el cuerpo

María Negroni

Hueco es lo no compacto, lo no macizo, pues está vacío por dentro. Y todos los planetas, objetos y seres vivos están compuestos principalmente de eso, vacío. Pero ¿cuál es la naturaleza de este vacío? Todo hueco tiene en su interior un espacio sin materia que es muchísimo más grande que su propio volumen. Que su propia voluntad. Así el cuerpo y sus ansias. Ese mundo como espacio donde habitan cuerpos. Así este espacio. Un templete al aire libre donde se toca la viscosidad del vacío. Pero ¿acaso todo espacio está vacío? Poliana Lima nos abre su espacio-cuerpo con una frase tatuada: Danzar es hacer un poema con nuestra existencia finita.

Hueco es la habitación del presente. El sismógrafo del hoy. La naturaleza del “cuerpo” insertada más allá del cuerpo del espectador. Cuerpo y Poliana se convierten en un lentísimo torpedo que atraviesa el tiempo. El tiempo que dista del vacío de un pasado que no existe al posible vacío que aún desconocemos y que puede que tampoco exista. Un viaje sin nostalgia alguna por buscar el tiempo, sino el espacio atravesando el vértigo. Solo con el deseo de palpar esa nueva esfera donde existir y permanecer. Para ella los cuerpos son pabellones del realismo. Son la nube en el té. El aquí y el ahora, sumados a ese deseo de comernos el vacío para existirnos una y otra vez.

Vivimos en el imperio soñado de la permanencia donde los seres humanos somos máquinas de vivir educadas en escuelas perturbables. Pero somos hermosas flores efímeras que se deshojan día a día, pliegue a pliegue, surco a surco, grito a grito. Poliana es impermanente. Ella sabe y así lo dice corpórea y metafóricamente, que las flores que hoy están en nuestras manos mañana serán otra flor u otra cosa. Más vacío. Todo insiste en ser, pero de otros modos. Su materia es otra, como nosotros, que somos otros a cada instante. Suspendidos en el aire más efímero porque el futuro es un campo tan abierto que es inexistente. Ahí el salto de Poliana, de su hueco a tu hueco. De su impermanencia a tu impermanencia. Ella mira los huecos de todos porque todos tenemos nuestros propios huecos. Nuestro intransferible “cargo conmigo”. Solo el cuerpo sabe que cuanto más se despliegue lo efímero con toda su seducción, más conciencia tendremos de lo real. Lo efímero nunca se detiene. Efímera es nuestra historia en la historia de la humanidad. Y la misma humanidad es efímera. Lo material es efímero, pero también lo es lo inmaterial. El tiempo convierte en efímero toda existencia y todo pensamiento, como un nacimiento. Como el nacimiento de los cuerpos. Ese es el hecho alegre de Poliana. Recorrer con su cuerpo la dinámica geometría que hay entre el rombo y el hexágono. En ese cuadrilátero. Dos realidades ficticias. El viaje al vértigo.

El fardo sutil que es su cuerpo se lanza al vacío. Necesita sentir el vértigo a través de una danza casi ancestral. Chamánica y animista Poliana. Ella es el junco doblado que transita del vacío conocido al vacío no conocido. El cocodrilo que busca su identidad en su propia torcedura. Ese es su verbo. Vivir el vértigo. Mirar. Meditar. Inspirar. Expirar. Dar el salto y bailar al vacío en el aire. El cuerpo como un cubo blanco. Como un lugar sano en una sala con ventanas al aire. Habitar el descapotable mundo sin saber qué hay detrás de ese aire.

Y en Hueco el cuerpo en Poliana es la abundancia del vacío. Pero no debemos confundir el vacío y la nada como ausencia de todo. El vacío es ante todo un concepto filosófico, ya que significa la ausencia de la materia. El vacío por tanto no es total, o al menos es muy difícil de cumplir. Cuando decimos que un contenedor está vacío, que un cuerpo está vacío, se llena con el aire. Un vaso vacío o una botella vacía contiene millones de millones de moléculas por milímetro cúbico. La terminología del vacío es ambigua: si el vacío no está vacío ¿de dónde el nombre?

Poliana flota en el agua como la molécula de una Ofelia. Planea en el aire como el Ave Fénix, para dar hueco al poema que se abre a otro espacio. El poema Carrego comigo, del brasileño Carlos Drummond de Andrade, es ese me llevo conmigo, donde mi cuerpo es mi caja -podría estar diciéndonos Poliana. Lo corpóreo como identidad. Como la voluntad de existir. Ella no entiende la existencia sin la expresión corporal. El cuerpo eléctrico de Poliana se agita en el horizonte de la melancolía. Es el portador portado. Así, ese poema Cargo comigo, es un algo inseparable de su persona, como el contenido que pudo haber en aquella Caja de Pandora, contenido inseparable de su continente. Así el cuerpo, habitáculo que siempre estará con nosotros y que va llenándose de la redención, que nos inunda la vida con sus días. Para ella es crudo y arriesgado portarlo todo en el cuerpo, aquel documento lacrado, testigo de la memoria y la identidad.

El cuerpo de Poliana empatiza con los otros cuerpos, muy cercanos. Es un deseo de comunicación más allá de las palabras. El sitio de partida de este viaje es el lugar donde nació su cuerpo. El cero más absoluto, que es la temperatura más baja que puede existir en el Universo. Las partículas son objetos corpusculares y ondulatorios y siempre tienen una cantidad de movimiento diferente de ese cero que es el principio de incertidumbre, el viaje a lo desconocido. Es el vértigo ante ese viaje, pero como dijo Jules Renard, ¡Mira el vacío! encontrarás tesoros.

Pero ¿cómo saltar al vacío de los márgenes en ese escultórico cuadro? La naturaleza de Poliana es no hacer pie. Ella prefiere el vértigo. Luxar su cuerpo y quedarse en equilibrio a las afueras. Quedarse en ese cuerpo y bailar malformaciones. Es un cuerpo soltado al aire. Porque todo estado de vértigo se origina por la pérdida del equilibrio. Por la angustia al transgredir el límite que hay en la palabra desequilibrio.

Pero como diría Einstein, es absolutamente posible que más allá de lo que perciben nuestros sentidos, se escondan mundos insospechados.

Poliana se despoja del fardo de su propio cuerpo mientras las ciegas estatuas del templete del Museo Cerralbo abren los ojos para hacerle un hueco. Para hacerse un hueco. El calor humano abraza y ablanda toda rigidez. La pétrea estatua que fuimos toma vida en un grito mudo y el frío se vuelve elegante. Poliana Lima. Apocalíptico rostro. Hay un Goliat en su faz capaz de levantar la piedra oscura. Sus nudillos enraizados al aire, un esófago que tiembla. Se agrieta la tersura del mundo. Cuerpo carcasa del alma. O alma carcasa del cuerpo.

Todo termina y salimos como discípulos nuevos renovados. Con nuestros huecos siguiendo su halo. Su hueco. Su aroma. Después, bajo sus párpados, la alegría de sus lágrimas.


Por Nuria Ruiz de Viñaspre

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