
Museo Nacional del Prado
8 de marzo 2025
Fotos: Elena Quintanar
Compañía Nacional de Danza
Decimos verdades que parecen mentiras
Directora artística Muriel Romero
La danza femenina del pseûdos
Nuria Ruiz de Viñaspre
Decimos verdades que parecen mentiras / decimos mentiras que parecen verdades
somiced sedadrev euq necerap saritnem / somiced saritnem euq necerap sedadrev
Cántico de reinas y musas en la lengua opuesta del Nuevo Mundo
En la Antigüedad griega, el arte de las Musas era considerado como un recorrido por la creación y la interpretación artística. Los artistas y los poetas invocaban su ayuda antes de comenzar cualquier hazaña u obra. Así, en un escenario hecho para ello, desde la Sala de las Musas del Museo del Prado, nueve hijas nacidas de Zeus, Clío, Euterpe, Talía, Melpómene, Terpsícore, Erato, Polimnia, Urania, y Calíope nos miran hoy, un 8 de marzo de 2025, desde la creación antigua para mirar nuestras propias re-creaciones más contemporáneas. Esta es la materia que amasará la coreógrafa Muriel Romero, reciente directora del Compañía Nacional de Danza, junto a Pablo Palacio, donde harán interactuar creadora y creación, escultora y materia, hasta “mudarse” cada una de ellas en la otra, y duplicando así la conciencia y el espacio escénico.
En boca de Romero: “Goethe dijo que la arquitectura es música petrificada y no es descabellado afirmar que la escultura es danza petrificada”. No es baladí el afán de la coreógrafa –amante de la escultura– proponer al espectador ser testigo del proceso inverso a toda creación. La “resurrección” de una escultura a través del movimiento robótico y del maquillaje que muestre las facetas de esa revisitación de la escultura. En definitiva, ser testigos primeros de la naturaleza femenina de la Creación ¿o mejor decir De-creación? Todo un juego de contrarios, simetría y asimetría, vida y muerte, realidad virtual desvirtuando tu realidad. Pero son tan importantes los opuestos, ya que son estos antagonistas los que hacen que se origine el conflicto y sabemos que el conflicto genera progreso y el progreso genera movimiento. Solo a través del movimiento el ser humano es capaz de dar un paso hacia adelante.
En un mundo ordinario, el pseûdos sería una de las grandes patas que lo sostendrían. Etimológicamente significa mentira, pero también error, y en la rendija que hay entre mentira y error, la ficción. Así, la posverdad –concebida como esa mentira que parece verdad– toma vida en la inclasificable propuesta “Decimos verdades que parecen mentiras”, que ya propone un título lleno de intención y de confrontación al introducir ese juego de opuestos. Un guiño en el espejo con el ojo contrario de Hesíodo. Y es que desde ese mismo espejo, donde pastoreaba Hesíodo el rebaño bajo el fluorescente del monte Helicón, se le aparecieron nueve musas y le dijeron: “Sabemos decir muchas mentiras con apariencia de verdades; y sabemos, cuando queremos, proclamar la verdad”. Más adelante Vallejo añadiría que esa “mentira sincera” sería una de las reflexiones más antiguas sobre la ficción… Romero y Palacio lo traen al presente y ponen en la superficie el vital papel del arte en la creación de la realidad. Así, en esta impactante obra, realidad y ficción acaban siendo una.
La mentira es estrategia en la naturaleza humana y en el reino animal, anticipación. Pero ¿cómo incorporar todo esto al lenguaje dancístico? ¿Cómo dar vida a unas musas y a una reina a caballo sin caballo (Cristina de Suecia) y todas con sus respectivas sombras tan conocidas como “el yo inconsciente”? En el reino animal, la gacela escrutará al león tratando de adivinar, por un ínfimo movimiento de la musculatura de sus patas, cuándo atacará. En un mundo irreal la estatua de piedra imitará desde su inmovilidad el latido del viviente y envidiará su materia, su maleabilidad, su ritmo, su latido, su respiración, su tráquea, ese tubo precioso por el que escapa la música del gran Pablo Palacio, dándose así la transferencia de emociones, de sentimientos, la transmigración de las almas. Destaco aquí las composiciones electroacústicas de Palacio pues son de vital importancia. El latido interno de la pieza. El vientre de la ballena que sube y baja y desde donde se devuelve la vida a toda estatua en una regurgitación mística de Jonases. Pura emulación.
Enfiladas y desde una ficción en orden, aparecen llegadas del otro lado, 24 excelsas bailarinas con un porte delicadísimo y poderoso, en una danza estática que dialoga con lo quieto y un vestuario impoluto: amazónico y regio para las reinas; barro de oro y piedra para las musas. En busca estas del vellocino de oro. Las primeras, protegiendo la geografía de sus partes blandas, tórax (pecho, corazón, hígado y riñón), pubis, espalda y tráquea, como si fuera el diagrama de carnicero de res, como esos cortes dibujados en la res en la pizarra antes del despiece. Por otro lado, la reina –y su inconsciente–, haciendo de las suyas, trucos de magia que lo ponen todo patas arriba. Descabezadas a veces, otras desmembradas de sus partes inferiores, provocando lo distópico. Cremalleras cosiendo la serpenteante columna vertebral con los siglos futuros. Cabezas horquilleadas con tridentes que caían de sus cuellos estrangulando lo humano para re-crearse. Juegos de magia tras un rígido miriñaque que las protegía de las bombas. Meninas futuristas que eran trampantojos a nuestros ojos. Todo ello en espejos que nos devolvían la cara oscura de la luna donde la imitadora envidia a la imitada, frase que se da también del otro lado. Los trajes son aquí toboganes por los que la mentira se desliza y se separa del cuerpo. Este fabuloso vestuario diseñado por Bebé Espinosa, le sirve a Muriel, amante de lo escultórico, para plasmar jerarquías (reinas y musas con sus sombras más oscuras).
Por otro lado y no menos importante, el maquillaje, creación artística de Junior Cedeño, maquillador de DIOR, es un laborioso y destacadísimo trabajo de construcción y deconstrucción, un hacer y deshacer desde la ruina. Recordemos que solo el que hace –el hacedor– erige lo real. El maquillaje así se convierte en otro gran protagonista que se apoya prodigiosamente en la cosmética como máscara. Cuanto más negra es la moneda, más huele a azufre, a envejecido, así las musas, con un idéntico maquillaje negro de pátina, barnizadas de oscuro bronce en ese afán de mimetizarse con las blancas pétreas de la sala y devolverles vida. He ahí que toda gran mentira que parece verdad y que nos salva, esté llena de mimetismo, de camuflaje. Maquillaje que muda como mudan las carcasas que son nuestros propios cuerpos, como muda esa piel primera de la primera y bíblica serpiente que desde antiguo fue columna vertebral, o la del propio escarabajo quedando su casa boca abajo en cuanto ellos alcanzan otra casa. Recordemos que en el antiguo Egipto se utilizaba a los escarabajos en los sarcófagos, porque se creía que estos guiaban a los muertos hacia la eternidad. Maquillaje que miente, sí, pero que restaura lo envejecido devolviendo la vida a lo pétreo. Maquillaje que cae del rostro más rígido, como la arcilla cae sobre fuego. La nariz cae, el oído cae, el ojo cae. Desprendidos todos del esqueleto externo, ya no hay ojo ni nariz ni oído. Y es que el resbalón de esa mentira que parece verdad es efímero. Todo es efímero. La verdad absoluta, la mentira que parece verdad, la piedra roída por el viento del transeúnte, nosotros. El arte… Solo el continuo mental permanece. La conciencia de las musas trascendiendo en otro ser.
Otros contrapuntos que generan movimiento en ese potente espacio escénico elaborado por Maxi Gilbert, son esas musas primeras que parecen nadadoras con cuerpo y pies de piedra calzados con neopreno, el pasado mirando al presente, crisálidas en manos de enfermeras escultoras en un cónclave de juicio final o inicial o fin de mundo o renacimiento, el individuo y su máscara, corazón y pubis buceando juntas en la sima del Yo, autónomas y autómatas todas, y unos movimiento dancísticos medidos al milímetro que van del detenimiento al ritmo con una pulcritud extrema, contenida e intensa. Incluso ellas mismas son medidas y escrutadas por su reina para ajustarse a ellas (una fabulosa Irene Ureña y su inconsciente Elisabet Biosc, apeadas ambas del caballo). Todo aquí está medido. No hay nada suelto en el espacio, ni el ínfimo latido del pulgar más pequeño que se descuelga de una mano volatilizada en otra materia.
La geometría de la Sala de las Musas y la propia estructura geométrica de esta obra mantienen también un diálogo directo. Las formas que generan esa gran coral son líneas rectas, círculos y cruces. Y podemos deducir que la cruz representa la creación y la totalidad del mundo estableciendo una relación directa con lo divino. El escenario (porque todo sigue siendo una ficción en orden) se convierte así en un exoplaneta, un planeta fuera de nuestro sistema solar donde la simbología y el misticismo dan aligeran el mundo a través de la danza. En la cruz formada el eje vertical bien puede ser el camino espiritual, la mitad inferior, el camino descendente hacia la esencia y en la zona media, reinas y musas retenidas en el tránsito de la vida. Así, el espacio existencial quedaría formado por un eje vertical, casi de carácter sagrado, y un plano horizontal que representa el mundo concreto con sus luces y sus sombras, la ficción.
En “Decimos verdades que parecen mentiras” el contacto de la psique inconsciente y la psique colectiva genera un colapso de la persona consciente. Es esa que siempre nos acompaña y nos contradice, lo concebido como esa multiplicidad de psiques, ese otro yo que mora junto a nosotros y que se atreve a hacer aquello que el yo primero no hace. El inconsciente es el incómodo, el pelo en la sopa. Y en ese plato, la mentira es un cohete impactando en el ojo de la cara oculta de la luna (referencia a Meliès) que dialoga con esa duplicidad del yo en aquel viaje al inconsciente tan presente en Persona (referencia a otro gran rey sueco, Bergman). Mientras, el historiador de cine Peter Cowie, afirma que “todo lo que uno dice sobre Persona (en latín, máscara del actor, máscara que oculta como la luna la parte más oscura) puede ser contradicho; lo contrario también será cierto”.
Llegamos al final. Se sisea la mentira. 24 bailarinas bailan murmuraciones en sus propias lenguas. Mensajes de otro mundo cuchicheando, contradiciéndose. Si existiera la inteligencia artificial eminentemente humana, podría ser algo parecido a estas mentiras que parecen verdades… Sin más artificio ni trucos de magia. Al fondo del escenario o al comienzo del mundo, la negra carcasa del escarabajo de la reina y su inconsciente, lo único que permanece, el vacío existencial y desde ahí pasar al otro lado.
Una obra soberbia donde parece que no pasa nada pero esa “es otra gran mentira que parece verdad”. Un bellísimo despertar a la conciencia en este 8 de marzo que nos deja una reflexión: No busques toxinas en las afueras del mundo para sobrevivir tu realidad inventada. Es el arte y la creación el mejor antídoto para bienvivir dentro de ti y a la intemperie, a las afueras de tu casa. En el afuera del Museo del Prado la manifestación del 8M por las calles, en el adentro la manifestación antigua del 8M en la Sala de Musas.
Ficha artística
- Idea y concepto: Muriel Romero y Pablo Palacio
- Coreografía: Muriel Romero (en colaboración con las bailarinas)
- Asesoría coreográfica: Ana Catalina Román
- Composición musical: Pablo Palacio
- Espacio escénico: Maxi Gilbert
- Diseño de vestuario: Bebé Espinosa
- Maquillaje: DIOR, creación artística de Junior Cedeño (maquillador internacional de DIOR)
- Realización de vestuario: Estudio Tania Bakunova
- Elenco estreno: Elisabet Biosca – Irene Ureña (Reina Cristina de Suecia); Emma Cámara, Kayoko Everhart, Margaux Chesnais, Sara Fernández, Elisa Ghisalberti, Alba Hellín, Clara Maroto, Mariavittoria Muscettola, Shani Peretz, Pauline Perraut, Samantha Vottari (Esculturas); Ana Mª Calderón, Celia Dávila, Valeria García, Martina Giuffrida, Tamara Juárez, Sara Khatiboun, María Muñoz, Daniella Oropesa, Nora Peinador, Laura Pérez Hierro, Francesca Sari (Escultoras/Restauradoras)






