La caída de Ícaro

Cía. Sara Cano "De Levante"

Sara Cano
“De Levante”

Nadie puede dudar de que las cosas recaen. Un señor se enferma, y de golpe un miércoles recae. Un lápiz en la mesa recae seguido. Las mujeres, cómo recaen. Teóricamente a nada o a nadie se le ocurría recaer, pero lo mismo está sujeto, sobre todo porque recae sin conciencia, recae como si nunca antes.
 […] ¿Cómo rehabilitarnos, entonces, si a lo mejor no hemos recaído todavía
y la rehabilitación nos encuentra ya rehabilitados?
Julio Cortázar


De Levante, punto cardinal por donde sale el Sol en los equinoccios, pero también ese levantarse para ponerse en pie desde la caída. La caída del otro. La caída de Ícaro.

Efectivamente, como decía Cortázar, nadie puede dudar de que las cosas recaen. Así, en De Levante, el centro cede. El centro del cuerpo cede a la caída y desde ahí se yergue movido por la música del empuje, por el empuje del otro. Ese centro que cede es el que permite incorporarse de cada caída con un aparente punto de apoyo. Con un aparente otro.

Aquí la danza muestra los cuerpos, pero también muestra esos cuerpos en movimiento con el tiempo, y que con su fugacidad parecen anticipar la cosificación de la caída. Y es que, más allá del cuerpo ya no hay cuerpo. Más allá de la caída está la recaída y más allá de la recaída está la recuperación, que es el resurgimiento en otro cuerpo, pero desde el mismo cuerpo.

Caer es desaparecer sin dejar objeto alguno tras de sí. Todo un acto descuidado por la reflexión filosófica. Sara Cano sabe que el cuerpo de hoy en día es complejo y ambiguo. Es plural y contiene múltiples dimensiones que bailaora y cantaor parecen manejar perfectamente. Si la energeia es aquello que indica que algo está actuando en el sentido de que está tendiendo al final desde sí mismo, De Levante nos habla de caerse y recuperarse desde una forma de automovimiento que favorece la experiencia no-cosificadora del cuerpo físico. Así, a base de movimientos aparentemente desinteresados nos describen voz y cuerpo los dos puntos que separan la caída de la recuperación. Dos puntos que trazan. Una con el cuerpo libre y otro con el cuerpo tenso haciendo una declaración de intenciones, una manifestación pura de la vida entre el cálculo y el azar.

Aquí los cuerpos no son cuerpos naturales, son cuerpos transformados por el ejercicio diario de caerse y levantarse. Como mantenía Bourdieu, el cuerpo individual no puede considerarse independientemente de una cultura y una sociedad. Así ocurre. Recordar algo lleva implícito que fue aprendido. Por consiguiente, este baile nos recuerda que aprendemos a caer y a levantarnos casi cinestésicamente.

El cuerpo de ambos es un cuerpo regido por las leyes de gravedad. Sara se deja caer hacia adelante, él se deja caer hacia detrás. Uno pende de la gravedad del otro. La caída es tan estética… uno siempre puede intentar levantar a un otro. Pero si no hay otro puede caer de manera que nadie excepto él mismo pueda capturarle. Uno puede levantar a otra persona y encontrar la energía traducida de manera que sea levantado, pero si no hay otro no hay recuperación. Por ello De Levante habla también de la necesidad del otro. Del otro en ex-afecto.

Caerse y levantarse. Entre ese cálculo y ese azar este dúo nos baila en presente continuo, mostrándonos una imagen apasionante, la de la ascensión, la de la parábola aérea que subyace en el lenguaje de la danza que nos dice que todo lo que cae acaba ascendiendo en vida y la del descendimiento. En esta pieza existe pues esa inclinación y su caída posible, el riesgo que corrió aquel Ícaro, o el mismo Pájaro de Fuego. Bailaora y bailaor se inclinan al otro hasta romper el efecto de la perspectiva, basculan hasta revolver el orden de sus cuerpos y crear un nuevo cuerpo. En De Levante se baila en una especie de geografía del viento. En la espacialidad del aire. Pero en la región abdominal, se tarda tanto en caer…

Nuria Ruiz de Viñaspre

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