¿Las emociones tienen forma?

Isabel Villanueva y María Parra

A Isabel Villanueva siempre le gustó el mar, aunque era de tierra adentro. María Parra vivió siempre a la orilla del Mediterráneo. Con la viola, Isabel desde pequeña empezó a expresar sus emociones y anhelos. Una forma casi de cantar, pues acaso sea ese instrumento el que más se asemeja a la voz humana. A María le dio por el piano, y se pasó la vida recreando a los clásicos. Cada una por separado, y sin saberlo, estaban unidas por el mar, el frescor de su brisa y el olor a sal.

La música las unió. La vida. Quisieron encontrar sus puntos comunes y la amistad sirvió para que María compusiera también para viola y piano, pensando en Isabel. Salió el mar de nuevo entre ellas, e Isabel inspiró a María esa delicada y exquisita pieza llamada Blue sea.

Ayer por la tarde la volvieron a interpretar juntas gracias al reencuentro entre ellas propiciado por el Festival Ellas Crean. El dominio que mostraron la dos, cada una con su instrumento, en la Biblioteca Nacional fue abrumador, pero lo más hermoso, más allá de la técnica y el virtuosismo de ambas, fue esa capacidad de emocionar desde la complicidad y el sentimiento compartido. Dos mujeres uniendo su arte en pos de la belleza, que buena falta nos hace a poco que nos asomemos al mundo de ahora.

Arrancaron con una romanza breve pero muy dinámica de Clara Schumann, de la que se cumplen este año dos siglos de su nacimiento. Toda una declaración de principios: en el festival que celebra la creación femenina, una compositora eclipsada, tal vez, por la importancia histórica de un marido como Robert Schumann.

Pasaron luego por el Granados más vibrante, el Piazzola más mundano y bohemio, y hasta llevaron a la viola la suite Sarasateana, del violinista y compositor Efrem Zimbalist, de tantos ecos hispanos. Cada una tuvo su tiempo sola. Villanueva descubriéndonos a la joven compositora búlgara Dobrinka Tabakova, y Parra algunas de las composiciones creadas por ella para su próximo disco: la conexión cósmica de Estrellas, la vuelta a la niñez y a la inocencia de Carrusel, y la el vals interminable de Viajeros del viento que no expresa otra cosa que el devenir de la vida.

Pero fueron las dos piezas creadas expresamente para Isabel por María lo que acaso llamó más la atención. La mencionada Blue sea, con todo el Mediterráneo dentro, y la arrebatada Azahar, que se estrenó mundialmente ayer. Pasión flamenca, que a ambas les une tanto, y vibración rockera. La repitieron también al final en forma de segundo bis. En Azahar hay duende y jondura, con un arco frotando la cuerda a ráfagas electrizantes, casi a golpes, y un piano sutil y elegante, pero también evocador y cargado de ecos arabizantes. Poderío y modernidad. Una suerte de metáfora de los tiempos de encuentro y tolerancia que deberían primar ahora en el planeta, en vez de tanto enfrentamiento.

Pero antes de ese final, Parra y Villanueva nos llevaron a la isla soñada por todos, Youkali, ese país que imaginó Kurt Waill de armonía y felicidad. Donde se sueña por soñar, donde puede creerse que es verdad que se inventó el color viendo cómo se desplazaba el arco de Isabel y el aleteo de ave de las manos de María sobre el teclado.

Una viola y un piano, dos mujeres, dieron forma física ayer a las emociones. Sí, es posible. Es real: las emociones tienen forma.


Fernando Íñiguez

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Ana Juan - Ellas Crean