El otro en mí

LŎKKE (OLATZ DE ANDRÉS) - Doppelgänger

Doppelgänger
Olatz de Andrés

El otro en mí
Por Nuria Ruiz de Viñaspre


Yo es otro
Arthur Rimbaud

 

¿Qué se escinde al bifurcar el yo? ¿El escindido yo? ¿El escindido tú? ¿Señalar la presencia del otro en mí? Doppelgänger es una palabra alemana que se refiere literalmente al doble de una persona viva. Doopel significa “doble”, y gänger significa “andante”.  Aquel doble andante que se encuentra en el mundo y que es idéntico a cada uno de nosotros. Todos tenemos nuestro “divertido gemelo más travieso”. Duplicados extranormales, los doppelgänger son algo así como una proyección espiritual propia. El emparejamiento por afinidad cosido por un movimiento gemelo.

En la pieza de Olatz De Andrés, la mimética deliberada, Natalia García Muro y Pilar Andrés, dos mujeres mimetizadas en dos gotas de agua sin hueso, quiero decir una y su doppelgänger, nivelan sus no diferencias en un no espacio tan vivo como ellas mismas. Una de ellas, Doppel-Leo, es sinécdoque del yo. Leo de leopardo y de pronóstico Leo que son ya dos. Dos manchas que cuando se juntan se confunden. Dos pequeñas salvajes de idéntica huella dactilar que resbalan por el árbol de la vida camufladas, desdobladas y caídas desde el alféizar de la sexta planta de cualquier museo. Notas que se juntan y disocian siendo ya una. Dos manchas al yo que se quieren, se desquieren, se requieren. Barro para moldearlas. Cuerpo de arcilla fundido al otro cuerpo. Correspondencia de conjuntos.

Sabemos que de dos seres nace uno, pero también sabemos que de uno solo se hacen dos. Dos vasijas hechas de lo mismo y su contrario. El mercurio al centro. Dos siamesas sin más reino que un caballo vestido de leopardo haciéndose el interesante sobre un tiempo que entre ellas ya no existe. Ellas, las que se abrazan en el espacio inabrazable. Puede que tengan los mismos tics, la misma ceja levantada al cielo de la sorpresa, la misma nariz afilada. La cadera envejecida. El traje de piel de leo y pardo. Traje sin más cáncer que la benigna piel y el benigno tacto. Probablemente ambas profesen el mismo amor a la belleza de lo inútil. Doble espíritu tambaleado que cae por los filos en la ausencia del otro. Doppengänger es la exploración del ser humano. La danza empírica de una identidad donde una bailarina es el sinónimo del conflicto con la otra.

Esta pieza es por tanto una alegoría a la identidad. En la superficie está el yo físico, pero ¿qué hay debajo del resbaladizo traje? ¿Del disfraz con el tercio del cuerpo aterciopelado? ¿Una identidad fracturada? En esta pieza, el algoritmo del yo es una escultura viva de ese mismo yo en movimiento. Estamos ante la danza bifurcada de Olatz de Andrés. La danza del abandonar-ser al Otro.

La coreógrafa pone patas arriba nuestro particular mundo y las ideas que tenemos de nosotros mismos. Estéticamente, su mundo doblado es tan posible como imposible. Olatz es aquí la cazadora de doppelgängers. La que se mira en el espejo roto de este siglo para recomponerse, para recomponernos. La que se toca en la otra mano idéntica para completarse. Olatz plantea una danza viva de bilocación donde, de una manera extraordinaria, pareciera que una bailarina está ubicada simultáneamente en dos lugares diferentes al mismo tiempo, de existir aquí un tiempo y un espacio.

La coreógrafa consigue que el doppelgänger que todos tenemos nos haga repensar sobre nuestro propio ser. Si el yo se dobla y se desdobla ¿por qué iba a estar el tiempo fuera de esta ecuación? Aquí el tiempo también se dobla. Ese es el verdadero suelo donde juegan en estas profundas aguas las gotas de agua multiplicadas.

“Vernos desde afuera nos permitiría conocernos realmente, pero pensar que pudiéramos vernos como nos ven los otros, sería aterrador” decía el filósofo Julian Baggini. ¡Una, dos y tres! Repeticiones. Vivimos con la idea de que somos únicos ¿será un hallazgo o una amenaza pensar que hay un yo segundo?

Guiño probablemente introducido por la doppengänger de la propia Olatz, cuerpos bailando hacia el atrás de los tiempos, hacia el origen del mundo, cuando siendo células independientes eran igual de dependientes. Leemos hacia atrás. Nos reconocemos hacia atrás. La vida solo puede entenderse hacia atrás, pero mirando-se en el otro hacia delante.

Después, el tacto del reconocimiento. La simetría del agua. El desconcierto.

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