Construyendo museos para llorar

Janet Novás "Feelings"

Janet Novás “Feelings”.

La prueba de emoción se muestra
en una lágrima
yo no ambiciono el mármol
lo único que pido es una lágrima

The tear, de Lord Byron.


Bajo un cielo más azul que todo el azul del mundo, Janet Novás reutiliza su cuerpo negro como vehículo de drenaje. Objeto en movimiento que busca lugares donde drenar la lágrima. Ella reivindica la lágrima como grito. Un grito por la igualdad. Contra la violencia. Contra toda violencia. Un grito colectivo acompañado de las obedientes y amargas lágrimas de Janet Novás. Donde el cordón de sus lágrimas es nuestro cordón. Sin aire, ni pulmón, ni lágrima. Iracundas lágrimas. Lágrimas que se despeñan por las esferas del poder de unos y el afán de reivindicación de otros. ¡Cuántas veces queremos al otro para querernos a nosotros mismos! Para que nos quiera. Para poseerlo. Para que consuele nuestra soledad. ¿Acaso queremos esclavos? ¿Existe mayor violencia? Esa es la bajeza de la condición humana que llora la coreógrafa vestida de negro y pintada en lágrima. Hay tanta insatisfacción si nos aman como si no nos aman… porque nunca nos aman como queremos que nos amen. Porque queremos poseer el amor del otro para hacer con él lo que queramos. Y así hasta que nos devoramos los unos a los otros. Hasta aniquilarnos por la tensión que genera toda posesión. Y es que bailar entre lágrimas negras parece tan limpio y tan inocente como nadar entre tiburones.

Saltando con los ojos en sus cuencas espantosamente abiertos, sin perder el juicio, la coreógrafa va trazando un camino nuevo. Un camino que recorre acompañada de nosotros y de altavoces que aplastan su grito y que son el ataúd del llanto. Un camino donde ya no puede cerrar los ojos ni el oído ni la llama de esos cuerpos ya perdidos ni tampoco el beso frío. Ella se expone con los ojos siempre abiertos testigo de todo y de todos. Ojos de amapolas secos ya de lágrimas. Inexpresivos, pero tan atentos. Ojos mirando al techo de lo muerto y a la vez la flor nacida. Todo acontecido en los márgenes del mundo. Las lágrimas de los unos y de los otros confluyendo en ese espacio. Espacio que constriñe los sentimientos y en el que convive la coreógrafa con esas estilizadas lágrimas. Ella nos ofrece al borde del camino medicina para drenar el alma.

La ética de la liberación escucha sus gritos crucificados por jardines. Gritos que derraman sangre inocente. Mientras tanto, Novás, con lágrimas en las sienes y callos en las manos, desbrozada de todo sentimiento y a la vez llenando un espacio vacío y hueco, adorna el grito como un tiesto. Ella es la maestra de las lágrimas mecánicas. Nos quiere enseña a llorar mostrándonos su llanto. Nos quiere enseñar a liberarnos.

Hay espacios para bailar, Novás lo ha demostrado en los alrededores de un museo. Hay espacios para reír, para el teatro, ¿pero existe un lugar para llorar? He aquí la originalidad de la pieza, crear un espacio para llorar y después habitarlo. Toda una filosofía para promover el llanto. Novás es la cartógrafa que nos dibuja un mapa con los mejores lugares para llorar. La guía turística del llanto y de la reivindicación. Así, entre edificios y jardines en flor, ella exhibe su grito disfrazado de árbol, construyendo rama a rama ese museo para llorar. Un espacio de arte para dar cabida a las nuevas sensibilidades. Crear salas para liberar el llanto y llorar en público la perdida pérdida. Al fin y al cabo, llorar es uno de los actos más inherentes al ser humano. El llanto merece su lugar y su momento.

Nos asusta llorar tanto como a los astronautas, a los que les duele más derramar lágrimas en ese espacio sin gravedad que el propio origen del llanto. Agua que no cae y que queda cristalizada en el interior del ojo. Nos pasamos la vida esperando a que esas bolitas acuosas se hagan lo suficientemente grandes como para desprenderse y podamos verlas suspendidas y podamos verlas al fin flotar. Una industria de catarsis emocional. Un himno a la esperanza que hay en toda lágrima.


Construyendo museos para llorar
Nuria Ruiz de Viñaspre

 

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