Cía. Júlia Godino i Alexa Moya - Museo del Traje

Fotos: Elena Quintanar


Monos o ángeles
La ilimitación de lo limitado

Nuria Ruiz de Viñaspre

La vida es tu navío, no tu morada
Lamartine


Júlia Godino y Alexa Moya no dejan de investigar el efecto que ejerce la materia sobre el espacio. El eco que resuena. Ya pudimos disfrutarlas en Ellas Crean con su Picnic on the moon donde la escena transcurría en 2 metros de superficie, esto es, 200 centímetros.

Tres años han pasado desde aquella primera pisada en la Luna y en ese tiempo Júlia y Alexa avanzan surcando la tierra, pero en un espacio más limitado. La tierra, porque ¿qué mide el diámetro de la tierra? 12.742 kilómetros, es decir, 1.274.200.000 centímetros, y sin embargo, en esta pieza, Tan a prop, estábamos todos tan apropiadamente cerca que nos subimos con ellas sobre una diminuta tierra escultórica formada de yeso y de tan solo 50 centímetros de diámetro. A un lado, piedra, escayola y aire suelto y al otro, barro que moldea al cuerpo, que las surge, las eleva. Ellas no moldean el barro que hay bajo sus pies, sino que son ellas las que son moldeadas desde ese basamento, desde esa minúscula edificación escultórica. Es el propio material el que las crea y las crece. El que las existe ingrávidamente grávidas, compartidas ambas con toda la conciencia puesta en cada centímetro de su cuerpo y de sus articulaciones.

La introducción de ese estrechísimo suelo movible, de esas arenas movedizas que sorteamos en vida a cada paso, invita a las bailarinas a reconducir una y otra vez los movimientos para buscar el equilibrio, ya que este será el elemento que altera el ritmo de los cuerpos. Es ahí donde se da la concentración mutua, al mirar el otro cuerpo en el espacio. Y ese suelo es símil del suelo de la vida en cuanto a balanceo, zozobra e inestabilidad encontrada a cada paso en ese navío –que es el cuerpo– azotado una y otra vez por tempestades. Alexa y Julia saben a su pronta edad la profundidad que hay en estas aguas y en estas frases. Así, con pies de mono y brazos de ángel, se agarran con garra, se pegan las alas, se trepan los cuerpos, se adhieren las pieles, sortean la propia física dejando a Newton por los suelos… mostrándonos al fin cómo ese yeso despegado del suelo, base ya fortalecida por el peso, ese barro cocido y curvo, genera en sus cuerpos una meditativa des-tensión dancística que por otro lado provoca una gran tensión en nuestros detenidos cuerpos observantes. Y es que todos avanzamos por la vida sobre esa superficie inestable. En esa cuerda floja nos tambaleamos para no caer una y otra vez. Entre medias la vida, donde somos transcurrires, balanceos, turbulencias, el tronco de barro que es moldeado según el viento venga de este o de oeste.

Sobre el minúsculo suelo de la sala de exposiciones del Museo del Traje, danza y escultura son una. Veo a un mono cargando el fardo de un ángel sobre un árbol milenario. Al rato veo al ángel cargando en hombros al mono hacia lo alto. Es una Tierra nueva donde una se lanza al vacío pero con confianza ciega en la otra ¿Qué son entonces? ¿ángeles que perdieron las alas o monos que aprendieron a volar? Tal vez sean ambas cosas.

Así, sobre el yeso y enyesadas va naciendo otro cuerpo que es un amasijo de mono y ángel. Fragilidad y fortaleza. Luz y oscuridad. La una se tiñe de la otra. Su danza milimétrica transcurre en un radio que mido –insisto– en 50 centímetros. Ni mucho más ni mucho menos. Y en esos centímetros la distancia las acerca, las separa. Tan cerca o tan lejos, depende del ojo que lo mida. Gestionar lo cercano y lo lejano es la estrategia en esta obra. Gestionar el agarre, el contacto. Gestionar la confianza, el peso, el contrapeso. Todo para no naufragar y de naufragar que sea en brazos de ese mono o ese ángel. El pulgar de una se mueve en oposición al pulgar de la otra. Así rellenan el hueco, minúsculo marco que las define genéticamente en ese barco, adaptándose al cielo el mono y el ángel al árbol. Así vemos sus rostros concentrados pero enternecidos por la comprensión. Razón y sentimiento que humaniza la piedra que hay en ellas.

Y es que el amor crea un espacio vacío lleno de confianza. El amor le dice al mono: salta al vacío, y tras el salto verás al ángel protector que te sostenga. Tan a prop es esto, detectar los límites del otro y una vez detectados, atravesarlos.

A través de movimientos articulares, de extender hasta el infinito los músculos, de medir la fuerza muscular, la resistencia de ambas a la caída, la amorosa relación entre el peso y la altura de cada una, hicieron que 15 minutos fueran el transcurrir de toda una vida. La filosofía del Aquí y ahora, en cada instante de la pieza, con esa conciencia corporal del cuerpo de una por el cuerpo de la otra. Un ejercicio meditativo que te lleva a una profundísima reflexión. Rellenar el hueco, la kinesfera, como ese espacio que rodea a un cuerpo, donde el movimiento se limita a la extensión máxima de todos los miembros, pero sin que el cuerpo cambie de lugar. Julia y Alexa saben manejar muy bien el cuerpo de la otra, saben que es un volumen que ocupa un espacio concreto, y que cuando este se mueve, traslada ese espacio que rodea al cuerpo de la otra.

Danza y escultura dialogan a través de sus cuerpos, manos, pies, torsos, pechos, todo en ella entra en trance. El mejor modo de conocer al otro, de comprenderlo, de aceptarlo, de darle un hueco al hueso aéreo. De inyectar conciencia a la mano que sostiene, al pie que aplasta, al brazo que acoge. Ambas mujeres, vulnerables como el ser que somos, acaban fortalecidas y mimetizadas en un solo cuerpo sobre el yeso cóncavo ya resquebrajado, pues la piedra ya no siente la dureza y la carne acaba sosteniendo al cráneo. Todo un ejercicio de cooperación, de diálogo. Si el mundo fuera capaz de dialogar así, con tal conciencia en cada movimiento y tan de cerca, este mismo mundo sería ya otro.

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Resumen Ellas Crean 2026