
6 de marzo 2026
Centro Cultural Eduardo Úrculo
Fotos Elena Quintanar
Un bosque dentro de un auditorio
Nuria Ruiz de Viñaspre
En un mundo repleto de estímulos visuales donde todo es vertiginoso, incluso el aire compartido con todas esas pulsiones, se hace necesario parar. Y se hace necesario parar justo para eso, para coger el aire y llevarlo de nuevo con conciencia plena a los pulmones. En “Ábrego” estamos ante un proceso de llenado y vaciado. En la pieza, la coreógrafa Alba González, estudia los diferentes aires y su simbología para traerlos al presente, al hoy y hacernos reflexionar sanando nuestros pulmones. Todo un ejercicio de contemplación profunda. Pero ¿cómo condensar un bosque vivo a la deriva con todos sus árboles, su hojarasca, sus caídos frutos, sus animalillos, su materia orgánica en descomposición, los raíces de esos árboles, sus nutrientes? ¿Cómo meter toda esa naturaleza con su viento dentro de un auditorio en pleno centro de Madrid? La Cía. Corpo Liminal así lo hizo en “Ábrego” (término que significa viento templado). Y no parece baladí el apellido de la compañía, Liminal, concebido como ese estado en el que algo siempre está a punto de cambiar, ese algo que ya no es pero que todavía es. Término por cierto atribuido al antropólogo francés Victor Turner y que nos dice lo mismo, esto es, “ni lo uno ni lo otro”.
Y es que si hay algo que está a la deriva es el viento. Viento que nace de toda raíz, de ahí que la pieza nos plantee colarnos en lo profundo, experimentar desde el interior del bosque lo que hace el ábrego con sus roces, ese viento templado y húmedo que llega del sudoeste y que trae lluvias. Un húmedo mensajero que nos sostiene y nos transforma. Ese suspiro que nos limpia el aire y nos narra a través de un trabajo dancístico muy coral, la transformación con su voz llovedora.
Y para hablar de lo que el viento hace con los cuerpos se necesitan cinco bailarines, como cinco son los elementos de la tierra. Así, sobre el escenario, cinco continentes formando el colectivo, la masa, el grupo, que tan bien funciona en la danza y tanta fuerza transmite. Ya tenemos los dos elementos principales de la pieza, la raíz, concebida como lo que permanece, lo inmutable, la raíz por ejemplo de esos árboles que bailan con brazos y piernas dentro del auditorio, y el viento, concebido como lo mutable, lo cambiante, haciendo de las suyas con los cinco cuerpos. Filosófica y dialécticamente, siempre que aparecen dos elementos opuestos, dos fuerzas contrarias, aparece también la tensión. Y es precisamente esa tensión la condición indispensable para la grandeza humana. Todo esa tensión entre raíz y viento se percibía sobre el suelo polvoriento donde una masa de carne y huesos se juntaba, se multiplicaba, se dejaba zarandear, luchaba y finalmente se abandonaba al ritual del movimiento.
Pero también se daba otra tensión que sostenía igualmente la pieza y era la quietud que hay en la raíz cuando se toca con la turbulencia y la suavidad que puede haber en el viento. Todo ello modificaba los cuerpos. Cuerpos a la deriva que como un quinteto de juncos se doblan pero permanecen ahí, sin quebrarse. Una preciosa y delicadísima pieza que trabaja los contrarios: raíz y viento. Cuerpos perfectamente ataviados con el vestuario de Laccia, donde el color predominante de arcilla nos recordaba todo aquello que se erosiona dentro y fuera de nuestros cuerpos. Ese color ocre derramado que se mimetiza con la arcilla que somos. Todos ellos en una coreografía muy trabajada con sus cadencias, transiciones, escenas… Un solo escenario donde el bosque se transforma en árbol que se transforma en rama que se transforma en pájaro que se transforma en bosque. Y en los intersticios volando lo verdadero, el tejido conectivo entre los órganos. Un quinteto que en un vaivén milimétricamente medido, danzaban lo mutable y lo permanente.
Aquí comparte un poema de Rosa Chacel que me dio por pensar que podría tener algunas particularidades comunes con esta pieza.
En el infierno había un violonchelo
entre el café y el humo de pitillos
y cien aulas con libros amarillos
y nieve y sangre y barro por el suelo.
Pero tú, resguardada por el velo
de tus cristales de lucientes brillos,
pasabas, seria y pura, en los sencillos
compases de tu fe y de tu consuelo.
Algunas veces fuimos de la mano,
por las venas del bosque y la corneja
cantó melancolía en nuestras almas,
si nos separa el ábrego inhumano,
no llores mi amistad hoy que se aleja,
entrega al viento el talle de tus palmas.
Del libro “A la orilla de un pozo”
Ficha artística
Compañía: Corpo Liminal
Dirección: Alba González
Asistente de Dirección: Ana Erdozain
Intérpretes: Ana Erdozain, Dácil González, Alba González, Laura L. Muñoz, Fran Martínez
Música: 33 Hz (Ana Erdozain & Alba González)
Videos: Alba González
Texto: Ana Erdozain
Vestuario: Laccia
Iluminación: Pilar Duque
Agradecimientos: Losdedae Company, Asociación Cultural Megaló, 180 Danza, Mover Madrid, Sala Cuarta Pared
- 8 marzo, 2026 -








