Cía. Inés Narváez Arróspide 10&10
7  de marzo
Museo de América
Fotos Elena Quintanar

El olmo que da peras

Nuria Ruiz de Viñaspre


Exorcismo en vivo. Conjuro contra el demonio de no ser suficiente. Pongo el Cuerpo como Sor Juana puso sus palabras: para no desaparecer. ¿Por qué me nombro la peor de todas? ¿Quién me enseñó esa oración? Un espejo. Dos Inés. Siglos de distancia y la misma culpa.
(Inés Narváez / Mónica Runde)


Un 12 de noviembre de 1651 nacía en México Sor Juana Inés de la Cruz. Muere un 17 del mismo mes con 44 años, contaminada por la peste. Pero cómo se muere por peste dentro de un convento de clausura. Hay que recordar que durante la peste, el miedo y el fanatismo provocaron la persecución violenta de grupos minoritarios que fueron injustamente acusados de envenenar pozos y causar la enfermedad. Pues algo parecido sufrió también Sor Juana Inés de la Cruz antes de su muerte, una peste en vida, una intensa presión y persecución ideológica por parte de sus superiores eclesiásticos, el acoso de todo un sistema por ser mujer e intelectualmente superior a lo que se esperaba en aquella cercenada sociedad del siglo xvii.

“Yo, la peor de todas” es una frase lapidaria que firmó esta poeta, pensadora, religiosa, dramaturga y así hasta llegar a diez apelativos, pues fue conocida como la décima musa en su última abjuración. Con esta aseveración del “yo, la deleznable”, “la peor de todas» con un pesado gran mea culpa, dejaba a la intemperie toda la persecución eclesiástica que sufrió. En esta pieza de la Cía. Inés Narváez 10&10, hay denuncia, hay reivindicación, hay memoria, hay palabras que se juntan en el cuerpo golpeado de la bailarina Inés Narváez, hay clausura en su boca y censura en su cuerpo, como ese encierro “engañosamente voluntario» en búsqueda profunda de ese “yo sin mi yo”.

En “La peor de todas”, la bailarina, bajo el fantástico acompañamiento artístico de Mónica Runde, baila metáforas como la culpa pero a través de esa libertad femenina que ofrece la danza. Y paradójicamente dentro de una estrecha celda imaginaria. Aquí la danza es esa herramienta política pero también espiritual que restaura la dignidad humana cuando han coartado libertades y clausuran obligatoriamente cuerpo palabra y mente. En esta pieza, el cuerpo de Narváez vs. Sor Juana, es símbolo de rebeldía, empoderamiento artístico y feminismo…

“Hombres necios que acusáis / a la mujer sin razón / sin ver que sois la ocasión  / de lo mismo que culpáis…”, escribía Sor Juana. Y es que hay palabras escritas de puño y letra de Sor Juana Inés de la Cruz, que sí parecen haber sido bailadas por el cuerpo de esta otra Inés más contemporánea. Palabras que denuncian la hipocresía y esa doble moral masculina tan presentes en su época y en esta otra que vivimos. Palabras lanzadas contra todos los hombres necios, esos tercos ignorantes, que con su cerrazón, adornan y gobiernan un hoy desfigurado. Palabras que rompen los muros de todas las celdas. Así, Sor Juana Inés de la Cruz, en cuerpo Narváez, lo contrasta todo a través de la antítesis. Paradojas que asoman poéticamente en los movimientos programados del cuerpo de la bailarina y que dicen, desdicen, contradicen.

Así nos encontramos con el recogimiento, con la contención, con esa clausura –más por estrategia que por convicción, pues fue por rebeldía y por una total negación al matrimonio– simbolizando ese espacio íntimo donde el mundo exterior es excluido. El “clausurarse” para florecer interiormente. De este modo convierte la clausura en un amplio espacio de libertad. En una gran sala del Museo de América en lugar de en una celda, algo así como esa habitación propia de Virginia, o esa jaula que se volvió pájaro en Alejandra. La danza baila la clausura de Sor Juana simbolizada como un encierro obligado, la opresión descarnada vivida en una celda cuyos únicos guardianes siguen siendo los hombre necios, pero que, gracias a la danza y a los textos que subyacen, la celda tiene tantas ventanas que no tiene paredes.

He aquí el bellísimo canto que canta la voz de Runde y acompaña a la Inés actualizada:

En perseguirme, Mundo, ¿qué interesas? / ¿En qué te ofendo, cuando sólo intento
poner bellezas en mi entendimiento / y no mi entendimiento en las bellezas?

Yo no estimo tesoros ni riquezas; / y así, siempre me causa más contento
poner riquezas en mi pensamiento / que no mi pensamiento en las riquezas.

Y no estimo hermosura que, vencida, / es despojo civil de las edades,
ni riqueza me agrada fementida, / teniendo por mejor, en mis verdades,
consumir vanidades de la vida / que consumir la vida en vanidades.


“Yo no estimo tesoros ni riqueza” dice en boca Runde la boca muda de Narváez, denunciando el desinterés por lo material. Recordándonos la dignidad que hay en mantener el enriquecimiento intelectual y espiritual frente a toda riqueza. Como Sor Juana, que priorizaba el saber y la sabiduría sobre lo

Juanas, ineses, mónicas, virginias, alejandras… mujeres todas brotando en este hoy que nos azota y nos gobierna. Todas bailadas con meditada velocidad entre el cuerpo y el espacio de una Inés encarnada en la palabra lúcida de la imbatible Runde. Bailar la palabra de otra en una jaula que se ha vuelto pájaro. Y es que, como ya dijo Octavio Paz en “Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe”, el enigma de sor Juana es muchos enigmas. Inversión irónica en la metáfora “El poeta, el escritor, es el olmo que sí da peras”

Hay momentos bellísimos que definen bien las múltiples caras de la vida de Sor Juana Inés de la Cruz, como ese momento en el que el castigado cuerpo Narváez se mueve permanentemente pero sin posibilidad de avanzar reflejando esa posible falta de autonomía que debió de sufrir en su tiempo. Pero aquí hay tanta contención como liberación. Un exorcismo donde hay un ir y volver constante, un ascender y caer por el arco de la culpa. Manos que castigan y después forman rezos frente al pecho.

En esta versión actualizada late también una Inés maravillosamente divertida. Absolutamente irónica, burlona, sagaz, rotundamente seductora, estratega, que a veces hasta parece reírse a carcajadas de ese horrible “Mea culpa”, de esa represión y persecución, enfrentándose a todos sus verdugos con esa potente imagen de su rostro avergonzado que se niega a ver lo necio. Un streptease místico concebido como un despojo de los sentidos, como ese proceso de desnudamiento intelectual y espiritual que ocurre en su poema más complejo “Primero sueño”, donde describe el desnudamiento místico para liberar al alma de las ataduras físicas y encontrar el conocimiento absoluto. Qué gran metáfora social. Todas somos Ineses.

Ficha artística

Idea Original, Creación e Interpretación: Inés Narváez Arróspide
Acompañamiento artístico: Mónica Runde
Voz y Espacio Sonoro: Mónica Runde
Espacio Sonoro: Mónica Runde
Textos: Sor Juana Inés de la Cruz, Inés Narváez.
Producción: 10&10 Crea S.L

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