Danza en los museos
05 de marzo
Museo del Traje
Fotos Elena Quintanar

Siembra al voleo

Nuria Ruiz de Viñaspre

La “siembra al voleo” es uno de los gestos más generosos que puede haber en la tierra. En esta acción se da un baile en el cuerpo del que siembra donde la mano no dicta la dirección ni el destino de la semilla, sino que lo deja todo al azar, a la improvisación del propio viento. Hay algo de esta bella imagen en la pieza “Flor de desierto”, de la coreógrafa Cristiane Boullosa, donde los improvisados cuerpos de Diana Bonilla y Laura Delgado, ponen su arte y su confianza en el suelo desértico del Vestíbulo del Museo del Traje, concebido aquí como esa composición –densa y mate– de arena, rocas y minerales. Suelo también de arcilla que es campo y tapiz salvaje donde no hay lugar para el surco ni para cicatrices. Solo hay espacio para dos cuerpos diferentes –en tamaño y forma– que acaban siendo de una uniformidad y de una unicidad extrañamente bella. Así, las dos sembradoras abren sus puños y dibujan arcos en el aire llenando los vacíos. En esa “siembra al voleo” ambas vuelan en movimientos dancísticos muy bien medidos y a la vez –como digo– rotundamente improvisados. Flores que quieren llegar a ser alguien en un lugar donde la supervivencia de la misma flor es difícil. Pero también se da un espacio replantando con semillas a la profundidad óptima como para que se reinicie el ciclo de la resistencia. Porque esta pieza habla de la resiliencia del cuerpo a través de movimientos muy personales, dos cuerpos que son capaces de adaptarse a cualquier ambiente hostil saliendo más fortalecidas en lugar de quebradas.

Conocemos bien la simbología que aparece en nuestro imaginario al pensar en una flor que crece en el desierto, o en aquellas otras flores que rompen el pavimento y se retuercen en grietas sin agua. En este contexto, la estructura ósea y el momento presente es para Boullosa, el eje consciente de la pieza. Ella nos propone ese viaje de improvisación para sobrevivir en un entorno tan hostil como puede ser la árida sociedad a la que hemos desembocado. A través de esos desplazamientos, la pieza se convierte en todo un renacimiento, del mismo modo que renace esa inquebrantable Rosa de Jericó, esa flor que resucita espiritualmente una y otra vez y nos embriaga en un baile repleto de calma y de apariencia.

En la propuesta no hay nada que entender, esa es la calma a la que desembocas. Cuerpo y mente abandonan todo esfuerzo por comprender nada, si acaso la fragilidad que somos, ese futuro conjunto de huesos fracturados. La mirada como eje. Salir de sí y mirarnos desde fuera. Como esa flor, siempre en guardia, y único testigo del viento que mira la semilla. Quiera o no quiera, la flor permanecerá allí, omnipresente, obligada a mirar su alrededor.. Somos los cuerpos de Bonilla y Delgado. Como nuestros propios cuerpos tan obligados a oír. La coreografía de Boullosa –siempre con la naturaleza tan presente– nos invita a estar ante esa solitaria flor que mira a su alrededor pero que sobre todo, mira al sol. En cualquier caso, esa imagen de flor que mira a su alrededor tiene un sentido biológico igual de fascinante pues cuando una flor observa su entorno, ya está realizando movimientos para sobrevivir.

En el prospecto de esta píldora hay pequeñas adivinanzas sin respuesta:

No es una manzana.
No es una maleta, una muleta.
No es una pantalla,
No es una pipa,
No es una mujer que se ha confundido con un sombrero.

Aquí me vino de golpe el arte de Magritte con su famoso “esto no es una pipa” y me vino también de golpe Oliver Sacks, con aquella mujer confundida con un sombrero. Dos grandes flores de desierto, dos grandes resilientes. Con estos guiños al surrealismo, aquí también aparece esa mirada adaptativa en la propuesta, como si esa flor de desierto se encontrara en un lugar con sombras inusuales, y de ahí que estire su tallo y oriente su rostro buscando desesperadamente la fuente de luz más cercana, cambiando así su arquitectura para adaptarse. Espolvorear semillas para armonizar nuevos espacios bajo una banda sonora original de Pepe Pereira que nos acompaña en el viaje.

Conviene también destacar el acierto del título. Un título que cuando le da la sombra aparece un oxímoron: la delicadeza y fragilidad de la flor y la dureza y crudeza del desierto. Así nuestro cuerpo exterior e interiormente. Los cuerpos de las bailarinas con sus fuerzas naturales como la gravedad, la inercia y el peso compartido, simbolizan la identidad del desierto, que no es sino nuestra propia vida que, aunque parece oculta, es vibrante y llena de color al conectarlo con la memoria vibrante de la tierra.

Ficha artística

Cristiane Boullosa, dirección y creación coreográfica
Diana Bonilla, intérprete y cocreadora
Laura Delgado, intérprete y cocreadora
Pepe Pereira, creación musical e interpretación
Música original de Pepe Pereira

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