Elena Puchol "No hay hueco en el jardín"
Museo Nacional de Artes Decorativas
28 de marzo
Fotos Elena Quintanar

Elena Puchol
«No hay hueco en el jardín»

Descifrar el abandono

Rosana Acquaroni

Contrariamente a lo que parece sugerir el título de su pieza “No hay hueco en el jardín”, Elena Puchol y Júlia Estalella nos transportan a un espacio interior habitado por múltiples resonancias donde tendrán cabida diferentes aproximaciones. Porque si hay algo que caracteriza su propuesta es la incertidumbre. ¿Qué nos sucede cuando abandonamos el universo de lo conocido, ya sea un lugar, un afecto o una circunstancia? ¿En qué nos convertimos? ¿Cómo nos posicionamos ante ese vacío? Y, sobre todo, ¿cómo representar a través de la danza el conflicto interior que nos genera? Algunas de estas preguntas fueron para Elena y Jùlia el punto de partida hacia la reflexión y la creación coreográfica y artística de esta pieza.

Las dos bailarinas, con la cabeza y las manos encapsuladas por una especie de casco o seto de boj circular, se deslizan, se dejan fluir, van precipitándose por la nívea escalinata que desemboca en el patio de entrada al Museo Nacional de Artes Decorativas. Caída líquida hasta el hueco profundo e intangible de la ensoñación donde comienza la danza.

Dos extrañas criaturas vestidas con un mono estampado -que nos puede evocar desde la figura de Arlequín hasta los motivos psicodélicos de los años sesenta- dialogan con el cuerpo dibujando formas, figuras que se debaten entre la elegancia y lo grotesco.
El espacio sonoro va mutando con ellas hasta que una voz en off irrumpe con un fragmento extraído de un documental sobre cómo funciona el sistema auditivo. Entonces todo cobra otro sentido: entramos en el micro universo celular. Las bailarinas, ya despojadas de las esferas vegetales que cubrían sus manos son organismos vivos, moléculas mensajeras o neuronas que liberan señales y son capaces de transmitir los impulsos sonoros. Ahora la música parece emerger de la propia danza. Lejos de atender a un esquema mecánico, robótico o biologicista, Elena y Jùlia se hacen cargo de su ceguera y atraviesan con humana complicidad ese jardín del abandono.

Las cuatro esferas que habían sido dejadas en un rincón de la escena retornan a las manos de las bailarinas. Ahora nos parecen seres modulares con tres cabezas. La pieza se cierra pero las preguntas permanecen abiertas. ¿Cómo llenar el vacío? Sus cuerpos ya en reposo desmadejados sobre el suelo nos dejan con la misma sensación desasosegante del comienzo.

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