
29 de marzo
Museo del Traje
Fotos Elena Quintanar
Aída Colmenero Díaz
Conxurando o invisible (adaptación)
…Y ¡SALTÓ LA PIEDRA!
Rosana Acquaroni
Hay siempre un riesgo en invocar conjuros. Y es que se cumplan. También es arriesgado para cualquier artista incorporar al público en escena. Aïda Colmenero Dïaz lo sabe y, sin embargo, quiso correr ambos riesgos en Conxurando o invisible, la pieza de danza que cerró el festival Ellas Crean en el Museo del Traje. Artista multidisciplinar- no solo es bailarina y coreógrafa sino actriz, cineasta o comisaria de artes escénicas-, Aïda nació en Madrid pero sus raíces familiares se hunden en la húmeda terra galega. De ahí le viene el profundo interés por ahondar en su patrimonio inmaterial, siempre desde la acción: poniendo el cuerpo y el alma en juego, como lo hace con otro lenguaje estético Angélica Liddell, artista a la que Aïda admira precisamente -dice en una entrevista- por sus tripas y su honestidad en el escenario.
La bailarina inicia el ritual paseándose en silencio entre los asistentes. Porta un vaso de barro con aguardiente y un cuenco de sal. El fuego del conjuro ya lo pone ella con su magnética mirada. Porque se puede danzar también con los ojos y el rostro. En la cabeza, bajo un elegantísimo gorro negro diseñado por D’aquela -como el resto de su vestuario-, hay escondida una piedra. Un gran guijarro gris, símbolo de lo sagrado, que tocará después como un mágico tambor contra su pecho. Algunos asistentes interactúan espontáneamente con ella: huelen el aguardiente, le sonríen con cierta complicidad. Al lado del mostrador donde se sacan las entradas un grupo de señoras están esperando para entrar al museo cuando Aïda pasa por delante de ellas. A veces la torpeza o la ignorancia nos conduce a la violencia. Su reacción es inapropiada y asombrosamente chulesca: ¿Qué es lo que haces? ¿Por qué no nos hablas? ¿Qué llevas ahí? interrogan sin pudor a la bailarina que trata de no salir del trance.
Pero entonces la piedra salta y hace derramar el aguardiente sobre el abrigo de una de las señoras cuya única preocupación es saber si el líquido mancha o es solo agua. Así se las gastan las energías invisibles de nuestros ancestros.
Salvado el desagradable percance la bailarina se coloca en el centro del vestíbulo y arroja sal sobre un tapete negro: la misma sal que, desde tiempos inmemoriales no solo fue imprescindible para conservar o condimentar los alimentos, sino también se usaba en ciertas liturgias paganas y cristianas formando parte de ritos como el bautismo, la consagración de templos o la bendición de las aguas. También servía para espantar poderes malignos pues parece que era aborrecida por el diablo.
Aïda empieza a hablarnos desde las tripas pero sin perder nunca la elegancia ni la contención -su abdomen se contrae, se contorsiona ligeramente para sacar de dentro alalás y aturuxos que la conecten con lo invisible. La bailarina consigue poco a poco meternos en ese mundo inmaterial cargado de presencias. Cruzar al otro lado, sentir a través de su rostro y sus movimientos aquellas energías ancestrales que siempre están ahí y que construyen un cuerpo simbólico y colectivo atesorado a través de los siglos: el de tantos emigrantes que cruzaron el océano en busca de una vida mejor. Los que nunca llegaron… Aïda también vislumbra y acoge lo pequeño: cantos, bisbiseos, rezos, mantras, algunas palabras extraídas del ya tradicional conjuro, componen el polifónico eco de tantas voces femeninas históricamente silenciadas.
El espacio sonoro lo conforman distintos cantos populares gallegos traídos de la comarca de sus tatarabuelas, punteado de vez en cuando por el sonido del cencerro que lleva atado a su larga trenza. A veces la melodía cesa y el silencio se rompe cuando Aïda percute una y otra vez la viva piedra del corazón, que luego se colocará por un instante en la cabeza. Una imagen que nos remite a esas mujeres africanas que sostienen y transportan sus enseres o acarrean el cántaro de agua sobre la cabeza. No estamos tan lejos de su latido, de esa unión continental y primitiva. De hecho, para Aïda Galicia también forma parte de ese Sur Global.
Una danza contemporánea, la de Aïda Colmenero Dïaz, que se ancla en el sentir de sus raíces. Conxurando o invisible: una pieza capaz de emocionarnos y de conseguir, como dejó escrito García Lorca en un verso de Poeta en Nueva York, que el mar recuerde “¡de pronto! el nombre de todos sus ahogados”.






