Ser lo que se baila

¿Se puede soñar oír con los ojos? ¿Se puede soñar mirar las nucas con las manos? ¿Tocar con la boca? ¿Susurrarle a un oído con el viento de una voz muda? El cuerpo es la dramaturgia del alma. La puesta en escena del espíritu. Y eso lo sabe bien el sueño de la bailaora sevillana María Pagés y su Óyeme con los ojos, verso del poema “Sentimientos de ausente” que engloba todo y a todos y que viene de antiguo de la poeta Sor Juana Inés de la Cruz, conocida como la Décima Musa. Sueño también aderezado -de sentido y sentimiento- con poemas de los místicos Fray Luis de León, San Juan de la Cruz, Ibn Arabi, Rumi, o Goytisolo, Tagore, Benedetti y El Arbi El Harti.

Óyeme con los ojos, esta estructura de sinestesias profundamente sugerente nos ofrece la posibilidad de conocernos a nosotros mismos. Todo un cuadro que nace del barroco del ser y que te propone un renacentista viaje al Yo místico e interior que hay en cada Yo exterior. Nos inclina a la raíz del árbol que somos a través del recogimiento. Y es que aquí se habla de recogimiento. Es una sinestesia perfecta que nos habla de la personalidad no solo de Sor Juana, una escritora genial y una mujer convencida de que el intelecto no tiene sexo y que la libertad creadora puede franquear todos los límites, sino de todos nosotros y de la propia bailaora. Sabemos que la poeta tuvo muchos detractores que pensaban que la mujer  -más monja que mujer- debía someterse al hombre y carecer de toda iniciativa y mucho menos artística. Someterse dócilmente al varón. De ahí que sea un espectáculo tan regenerador y transformador, ya que Pagés busca y alcanza lo contrario. La libertad y la liberalización del cuerpo femenino.

 

Óyeme con los ojos, / Ya que están tan distantes los oídos, / Y de ausentes enojos / En ecos de mi pluma mis gemidos; / Y ya que a ti no llega mi voz ruda, / Óyeme sordo, pues me quejo muda.

 

¿Pero se puede hablar de recogimiento desde un cuerpo que se abre al mundo como el cuerpo de María se abre a un escenario poliédrico y que va entrando en nuestros cerrados ojos? He aquí el oxímoron. ¿Cómo recogerse abriéndose? María lo hace abriéndonos el candado de los ojos y pudiendo oír lo que viene a decirnos su cuerpo como vehículo del alma. La oscuridad, pozo de donde venimos, contrastada con el color de la piel y el alma de María nos llevan al fondo, a esa búsqueda de lo espiritual, a la soledad a solas desde la cual somos capaces de hacernos preguntas que obtienen su recta respuesta. Ella baila sola desplegada en una tabla, pero es una tabla de salvación, por eso nos baila el Nuevo Mundo desde su isla.

Espectáculo eminentemente físico para desde ahí hablar de la psique y del alma. Hay en esta acción una cierta benevolencia con el cuerpo, pues es un homenaje a lo corpóreo con la lupa puesta en el alma. Un cuerpo a veces sensual otras sexual otras asexual. Recordemos aquí que para los místicos y para Sor Juana el intelecto no tenía sexo. Pero Óyeme con los ojos arrastra un lenguaje caliente como caliente es el flamenco que flambea en nuestras manos, oídos, ojos, boca… Rojo pájaro de fuego. El rojo del sur de su vestido la abrasa. La inunda. La trepa. La incendia… En la mitología precolombina un cuervo roba las cenizas del infierno y así lleva a los hombres el fuego. Puede que María nos trajera ayer el fuego en su vestido ardido y saliéramos de allí hechos llama, pero celestial llama. Cuerpos caídos de un cuervo nacido.

Aquí el cuerpo de María es naturaleza viva dentro del bodegón que es el mundo. Sus brazos, hechos para no durar, son trazos de ramas que envejecen al alcanzar el infinito. El juego circular con su falda cuadra todas las nucas de este mundo. Sus manos son esos pájaros transfigurados que saben volar pero también caminar zapateando versos bajo su cuerpo desparpajo. De ahí que recorra igualmente poemas donde la naturaleza y de nuevo lo místico está presente, como con Rumi, o más amorosos con uno mismo como ese vamos a la sombra de la sombra, quiero tocarte el pelo, del marroquí El Arbi El Harti, tan bien dibujado en el escenario donde la sombra es la cuchilla que disecciona.

Desde el principio hay un juego precioso y muy poético que gira en torno a lo circular y lo cuadrado, no solo en el escenario sino en el cuerpo de María, que es un templo de puertas abiertas. Ella es el círculo, lo que vuela, pues el círculo es misticismo, es volátil, como volátil es su falda, su carcasa. Y lo cuadrado es lo terrenal, lo telúrico, las tachuelas que nos atan. Así lo deja claro con ese traje anclado a tierra, cosido al suelo clavo a clavo. Traje que a su vez la circunda. De hecho, que su vestuario sea circular no es gratuito, ya que gracias al arte, la poesía y el baile, desde la paralización podemos alzar el vuelo. Y en Óyeme con los ojos María es a través del baile espiritual el místico cuervo que se ha huido del nido en busca de sí misma, nido que bien podría ser ese grupo aglomerado de adorados músicos a los lados, para bailar en el desierto dentro de ese cuerpo de cuervo herido con un poco de pan en el pico y al que he han rodabo sus crías, pero con la valentía ya de mirarse más adentro. Como ese cuervo parlante de Poe en casa de lo afligido y de su descenso a la locura. Como ese cuervo negro posado sobre la rama que parece azuzar el sufrimiento del mundo con aquel Nevermore, nevermore. Un cuervo pintado por Bernini que bailaba a dos aguas entre el deseo de recordar y el deseo de olvidar. Ave que no regresó nunca al Arca de Noé, o sí. Eso es María. Un viaje de ida y vuelta.

Recordemos que el cuervo es el símbolo de la mente, del pensamiento, de la sabiduría y de la metamorfosis, y que simboliza los cambios y la transformación. Y sobre esta tabla de salvación, María Pagés no deja de trasmutarse a través de la geometría de sus brazos que van dibujando el skyline del Yo.

María es la alpinista en el precipicio de cuadrilátero limitado que es el mundo. Montañera de lo inescrutable del alma. Sombra dentro de su sombra. Ella es la esencia del uróboro, porque como él, simboliza el ciclo eterno de las cosas, el esfuerzo eterno, la lucha eterna y a veces el esfuerzo inútil, ya que en el escenario todo vuelve a comenzar girando una y otra vez a pesar de las acciones que se recrean para impedirlo. Ella representa la naturaleza cíclica de las cosas, el eterno retorno, ciclos todos que comienzan de nuevo en cuanto concluyen (muy Sísifo, si lo piensan). Su vestido así nos lo decía. Sin puntada de inicio ni puntada final. Como la rueca de Penélope tejiendo y destejiendo pero siempre con el mismo hilo. De este modo simboliza el tiempo y la continuidad de la vida. La representación de todo aquello que nunca desaparece y solo cambia eternamente a otra cosa. La boca que muerde la cola de la serpiente. El único hilo con el que está cosido su vestido en esa última escena inolvidable donde la Espiga que es su cuerpo se mimetiza en una anciana encina con perdigones en sus zapatos. Calzado descalzado incapaz de despegarse de su pasado. Así nos baila hasta que un árbol encinta irrumpe y el fruto que arroja su vestido somos todos nosotros y es ella misma en brazos de esa gran Madre que es el bulto del lenguaje. Las palabras. La palabras, porqué no, de Goytisolo, a esa Julia que somos todos. Un pasar el testigo de la vida para después, comida por la sombra, desaparecer lentamente.

Bailar nos lleva a la esfera de la honestidad. Y ayer estuvimos ante un baile muy comprometido que hacía cuestionarnos si estábamos enrutados o enlutados. Lo bueno es que para la bailaora no existe el luto de lo imposible.

“Soy lo que bailo”. He aquí una buena máxima coherente de la bailaroa. Y esta mujer transfronteriza sabe bailar la palabra, mezclar razas, religiones y con sus colores hacer la paleta de este mundo único concebido como un lugar común.

 

¡Cuántas mujeres en los brazos de esta mujer Tótem! ¡Cuántas en los volantes de su falda! Ella. Madre. Amante. Sacerdotisa.

 

Enhorabuena también por ese ¡Ay qué calor! tan necesario para enfriar y aligerar las altas cotas alcanzadas del alma. Enhorabuena a los cantaores Ana Ramón, Juan de Mairena y a todos los músicos.

Recuerdo que pensé, qué bello despliegue este despegue de Ellas Crean.

 

Nuria Ruiz de Viñaspre

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