La trinchera del amor

De corazón y alma

“Si uno es escritor, escribe siempre, aunque no quiera hacerlo,

aunque trate de escapar a esa dudosa gloria

y a ese sufrimiento real que se merece por seguir una vocación.”

Carmen Laforet

 

Carmen Laforet 1921. Elena Fortún 1886. 35 años de diferencia y como telón de fondo el marco de la mujer en la posguerra. Dos mujeres. Dos épocas. Dos lugares. Dos espacios. Dos hermosísimos universos paralelos que se juntan en el escenario. Un único espacio en el que entra en juego la existencia de dos realidades relativamente independientes. Escenario tan pulcro como arquitectónico, trinchera que es océano de libros, cartas, infancias, amores, desamores, confidencias, emancipación, ascenso espiritual y descendimiento. Preciosa fortificación que salvaguarda a dos grandes escritoras mientras a las afueras acontece un mundo de hombres y posguerras. Allí construyeron su propia casa, la casa del lenguaje, habitación propia donde todo estaba permitido. Decir, sentir y pensar. Trinchera donde Laforet y Fortún eran dos mujeres libres y sin más ataduras ni corsés que sus propios pensamientos y su espiritualidad, es decir, ninguna atadura. ¿Quién sabe si Laforet y Fortún se vieran más en esta casa del lenguaje que en las calles de este mundo?

Pienso que si doblásemos aquel escenario donde las actrices Ana Gracia (interpretando a Elena Fortún) y Yune Velayos (a Carmen Laforet), ponían sobre la mesa corazón y alma, si plegásemos ambos lados como el que cierra un libro, todo hubiera confluido. Se hubieran tocado mesas, libros, corazones, almas, palabras dichas y redichas. Hubieran mordisqueado la carne de su verbo. Y en ese escenario plegado estas dos grandes escritoras se hubieran mirado las manos, manos de una admiradas por manos de otra y viceversa. De este modo, espacio y tiempo se hubieran juntado en una misma línea, que es justo la línea donde convivieron con sus ideas. Un dulcísimo agujero nego donde se asentaba esta relación de amor epistolar, círculo donde la una iniciaba su carrera literaria y la otra la concluía. Escenario donde ellas se juntaron a las doce en punto en el reloj de un tiempo plegado.

Sin embargo estaban tan alejadas como unidas en ese péndulo atemporal. Todo en ellas se situaba al extremo de la otra. Más allá de años y biografías, las cartas de Elena por ejemplo eran largas, pulcras y fechadas. Las de Carmen, al contrario, con letra accidentada, a veces de difícil lectura, y la mayoría sin fecha ni lugar que la ubicara. Pero su posterior amor nacido de esta profunda admiración y sus inquietudes espirituales fueron fuerza suficiente para mantener y sostener en el aire esta correspondencia tan bien correspondida.

Y es que en ese reducto íntimo que a veces es lo epistolar, el amor tiene mil caras y todas valiosas. En toda correspondencia secreta hay sentimientos, confesiones, confidencias, pero en De corazón y alma, Correpondencia secreta de Laforet y Fortún, tras todo esto hubo amor. La estructura de la frase correspondencia secreta ya nos atrapa, nos inicita al desvelo, a destapar la palabra secreta y meternos en las profundidades del asunto. Así, en el escenario, una Fortún ya enferma de tanta vida, con los pies en la cima del barranco, y una encaramada Laforet que a veces se asemejaba a la libertad de Delacroix mirando al horizonte unidas por el amor profundo que le profesaban a la literatura, a la soledad misma y a la libertad como mujer.

En esta ecuación Laforet-Fortún -ecuación bien resuelta por cierto- hay que decir que ya a los siete años Laforet admiraba a aquella figura aparentemente insexitente pero con un nombre erigiéndose con solidez en su cabeza, Elena Fortún. Resulta curioso y a la vez hermoso que la joven escritora, que no tardaría en convetirse en una escritora de referencia con esa Nada, profesara un amor antiguo a la escritura de Fortún. Curiosidad que también extrañaría años más tarde a la propia Fortún, ya que ser admirada por aquella que admiras es una ecuación bien resuelta.

Elena, con una gran sensibilidad para lo paranormal y lo oculto, solía decirle a Laforet que tenía mucha madurez espiritual… Laforet se extrañaba de esta frase pero realmente tenía una fuerte sensibilidad artística y una gran capacidad para ver lo oculto. De hecho, hay que decir que ya a los dieciséis años su libro preferido era Las Moradas de Santa Teresa de Jesús. Por lo que el despertar espiritual estuvo desde muy temprano en la mente de Laforet sin que siquiera ella fuera consciente. Su sensibilidad adolescente la llevaba por inercia a pensamientos más elevados.

Y así quedó el escenario. Sobre unas mesas de escritorio yacen una pila de libros y la exposición -hecha voz- de algunas de las 46 cartas que encerraban miles de palabras que hablaban del amor a la palabra y a través de las cuales se traba una profundísima amistad que constituiría para la adolescente Laforet una fuente de fuerza espiritual que la llenaría, fuente que como hemos dicho, ya estaba llenándose sin ella percatarse.

Así, de mano de Teatro de la Reunión, el sábado entramos en un delicadísimo escenario que fue manual para escritoras, manual para el alimento espiritual y manual para el amor. Lecho donde reposa la sororidad y la solidaridad femenina. Gracias por poner en movimiento y en voz viva a dos escritoras que se vieron poco y se quisieron mucho dentro de su habitación propia. Por el equilibrio en las mesas tan cargadas de libros y cartas. Por la altura diferente de las mesas: mesa a la altura de las manos de Fortún y mesa a la altura de la cintura para Laforet. La experiencia y los años ya vividos de Fortún y la fuerza de la adolescencia y los años por vivir de Laforet. El pasado y el futuro dándose la mano. Perfectamente plegados. Hermoso final donde la oscuridad envuelve el escenario y a ellas mismas quedando tan solo la luz de la bombilla encendida. Faro que guía y seguirá guiando el pensamiento de la mujer.

Nuria Ruiz de Viñaspre

 

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