15 de marzo 2026
Museo Arqueológico Nacional
Fotos: Elena Quintanar

Melania Olcina
HALO (LAS VOCES DEL VIENTO)

Con Melania Olcina (Premio Nacional de Danza) y Fátima Cué

Cosmovisión indígena

Nuria Ruiz de VIñaspre


El viento no es solo un fenómeno meteorológico,

sino una de las seis imágenes fundamentales

de la imaginación aérea

“El aire y los sueños” de Gaston Bachelard


La delicadísima premio nacional de danza Melania Olcina, despojada de lo superfluo con su vestido de carne, junto a la potente cantante Fátima Cué, enjoyada con armadura de samurai con su kabuto lleno de sabiduría y ese compromiso inquebrantable de lealtad a su feudal señora –la Muerte–, nos invitan al viaje místico “Halo”, un hermosísimo diálogo de suspiros en un eterno retorno. Cosmovisión indígena donde el cuerpo también suspira. Y de eso da buena cuenta la piel de Olcina cuando la voz de Cué, que es el viento subtitulado, se apoya en su vestido de carne. Un viento que en boca de ambas “se excita y luego se relaja”. Una metamorfosis a la que llegan a través de los contrastes y de los desplazamientos de un cuerpo cuando se junta al sonido de otro cuerpo. Maravillosa escena por ejemplo, el descendimiento de la bailarina por las escalinatas del Museo Arqueológico Nacional, como si su finísimo cuerpo inocuo –igual que discurre la cascada– serpenteara en trance por el Valle de los Muertos. Arriba, presidiendo los imposibles movimientos dancísticos de Melania, la sacerdotisa Cué –transformada en esa deidad femenina de chamánicas voces externas e internas– lanza sus cientimbres improvisando la respuesta directa en un cuerpo ofrecido al sacrificio en un ciempiés. Y es que, cuando el alargado cuerpo escucha el sonido, se desencadena otra compleja cascada de respuestas fisiológicas que transforman a Olcina en Ondina por los hechiceros vaivenes a los que le aboca el idioma del viento.

Ya desde el inicio, en la cima de la escalinata, hay coreográficamente una clara relación con la verticalidad. Quizá ahí levite la presencia de Bachelard –recordemos que asociaba ese viento con la sublimación y el eje vertical del psiquismo–. Ser uno con el viento en las alturas es alcanzar ese estado de quietud y superioridad espiritual que alcanzaban ambas en la pieza. Esa es la función del sonido en el cuerpo de la bailarina. La vibración sonora. Esa fuerza que moviliza su imaginación aérea. Una voz que es la extensión del viento junto a un viento que es la extensión del cuerpo.

En algún momento, la pieza nos invita a girar la mirada hacia Oriente, quizá el ritmo, la estética, el vestuario, o la misma actualidad. Y es que el arte no se aparta del conflicto, al contrario, intenta hacerle entrar en razón. La voz erige paisajes imaginarios que el cuerpo de la danzante trae al presente armonizados y sanados por la pureza que hay en el rito.

“Halo” se convierte así en una pieza meditativa de difícil equilibrio, pues hay algo maravillosamente loco en la improvisación vocal de Fátima que desestabiliza el trance en el que entra la bailarina. Y al tiempo, hay algo maravillosamente loco en el trance de Melania que nos devuelve al origen de la sabiduría. Dos círculos de luz difusa que se juntan en el mismo espacio. Los cristales de hielo que emanan de la garganta de Fátima rozan las espinas dorsales de Melania generando un efecto de campana. El tintinnabuli. Esa resonancia física que con plena coherencia hace cimbrear los pies de Melania como si fueran dos sonajeros al aire de ancestrales castañuelas que, en manos de Cué, conexionan pasado y presente. Como si una serie de descargas eléctricas atravesaran la garganta de una y el nervio de la otra. Así, el cencerro pegado al pecho de la chamana bombea el humano corazón de Melania, que es en esencia, campana y hierro. Mientras, Olcina, en esa vertiente ritual y simbólica, muere y renace a cada instante. Voces imposibles en cuerpos imposibles sincronizando la nueva respiración del mundo.

Igual que la hierba goza cuando sopla el viento, nuestro cuerpo reacciona haciéndonos ver que debemos nuestra existencia al viento. Es cierto que a veces el viento parte en dos un árbol y mata al transeúnte que pasea por la calle, pero aquí hablamos de otro viento. Un viento suave entre las velas. O esas ráfagas que discurren por las múltiples capas de la sabiduría. Ese aire que separa dos neuronas espejo metidas en diferentes trajes. Olcina y Cué bailando el sonido en una coreografía donde el cerebro de una –que siente el movimiento de la otra– busca el equilibrio exacto, la atención plena en garganta y cuerpo hasta impactar físicamente la una en el otra.

La voz es el instrumento más perfecto, ya lo decía el estonio Arvo Pärt. Y en esta pieza, capaz de transmitir las emociones más profundas, la voz de Fátima ulula circundando la transitoriedad de Melania, que tras sentir la vibración en pecho y cráneo va formando con su cuerpo iniciales para un nuevo idioma. Tras la muerte del despojo, la deidad femenina se despoja de sus capas y su atávico traje reescribe sobre el contorsionista cuerpo de la bailarina el diccionario del nuevo mundo.

Ficha artística

Dirección, coreografía e interpretación: Melania Olcina Yuguero
Composición musical e interpretación: Fátima Cué
Diseño de Vestuario: Melania Olcina Yuguero, Marisa Maggi
Diseño de tocado: Coloured Art Studio
Joyeria: Juan Carlos Vivas
Material audiovisual: Juan Carlos Toledo
Distribución: Lola Ortíz de Lanzagorta (New Dance Management)
Con el apoyo de: CAM, INAEM, Centro Coreográfico Canal, Ayuntamiento de Torrelodones

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