
11 de marzo
Museo Vacional de las Artes Decorativas
Fotos Elena Quintanar
Cía. Helena Martín
Sociedad galga
Nuria Ruiz de Viñaspre
Somos hijos de nuestra época, y nuestra época es política. Todos tus, mis, nuestros, vuestros asuntos diarios, asuntos nocturnos son asuntos políticos…
Szymborska
“Vosotros, los que pasáis por el camino, mirad y ved si hay dolor semejante al mío. Atended, pueblos del mundo, y ved mi dolor. Si existe dolor semejante al mío”. Con esta plegaria comienza el Stabat Mater Dolorosa del gran compositor Pergolesi, música muy acertadamente elegida por la bailarina, coreógrafa y también madre Helena Martín, para hacerla transcurrir por una pieza que narra una historia personal pero a la vez tan extensible a otros contextos. De ahí que “Carne de perro” bien pueda estar hablando de esa carne de perro concebida como algo duro y resistente que sobrevive a lo más hostil; por ejemplo, la meditación de una madre frente a la adversidad, o a esa otra idea que tenemos de que todos somos carne de cañón, es decir, blancos perfectos o seres fácilmente sacrificables.
Lo que está claro es que en esta sociedad todos somos carne de perro, sea cual sea el grupo en el que encontremos. Este es el mensaje en esta pieza de la coreógrafa Helena Martín. Describir dancísticamente una sociedad con dos extremos, a un lado están los cazadores (el sufrimiento es aquí el gran cazador) y al otro el resto de seres, esos galgos de rango bajo futurálgicamente atrapados en el bosque y que intentan sobrevivir incluso en los ambientes más hostiles. Sabemos que en una carrera de galgos siempre gana el mismo, y es el que más corre. Todos lo sabemos: siempre ganará el que más corre porque es más fuerte, más rápido y por lo tanto, menos empatía tiene y más poder. Aquí la reflexión es porqué, si siempre gana el mismo, la propia sociedad obliga a los demás a medirse con él.
Helena Martín, desde un lugar extremadamente íntimo y muy identificativo con la naturaleza y su propia historia –pues el sufrimiento ha curtido su piel convirtiéndola en carne de perro y también claro está, carne de cañón–, nos propone una pieza que nos invita a subirnos a todos los árboles del bosque para liberar el sufrimiento que hay en lo débil, y desde ese lugar, a ese altitud, acompañar con compasión –en traje de Pablo Peña– cualquier clase de duelo sin juzgar, convirtiéndose así en el fiel guardián del sufriente. Un viaje a través de un bosque repleto de ruidos nocturnos, introducidos aquí como esos agentes que alteran la intimidad de Helena, acotando su espacio personal, y provocando una reacción de ruptura. La única manera de forzarla a salir de su intimidad y enfrentarse a la realidad del mundo exterior.
Efectivamente, la vida es una cuadra de apuestas, y nosotros, sus habitantes somos lanzados a esa escuadra como galgos que compiten en una competición y como ya hemos visto siempre gana el mismo delante de un público que finge sorprenderse. Una sociedad que nos obliga a medirnos con los más altos, los más fuertes los más sanos. En boca de la propia coreógrafa que se concibe a sí misma como carne de perro pero por su resistencia ante la adversidad: “esa violencia colectiva que critica, expone y condena al otro sin saber”. Y es que ya lo dijo Leonardo da Vinci, “llegará el día en que el hombre comprenda el alma de las bestias, entonces matar un animal será un delito tan grave como asesinar a un ser humano”. Y es que para Helena Martín, un cuerpo puede ser duro y resistente, como el suyo propio, como el tuyo, como el mío, duro como la carne de perro, pero a la vez puede deshacerse como un cordero ante la oscuridad de la noche
Por eso es tan importante matizar los múltiples mundos simbólicos que se juntan en la pieza. Tantos mundos como miradas introduzcan sus ojos en el bosque. Pues en él se junta la dura y resistente carne de perro, la que sobrevive –no sin miedo– a los ruidos externos. Habla también de la protección, como perros guardianes que nos protegen de esos ruidos. Y todo ello teñido con la historia de un duelo, como ese eterno sufrir ante lo inesperado. Ese es el gran ruido en la coreógrafa. Y es que siempre hay mucho de Helena en las coreografías de Helena. Una contadora de historias en este exquisito soliloquio bailado sin palabras. Así, la esbelta galga Martín corre, se entrena, se derrumba, baila la piedad desde la propia naturaleza que hay en la profundidad del bosque. Ella sabe que el amor nos salvará de un despiadado y despedazado mundo donde nadie cuida a nadie.
Recordemos que la expresión “Carne de perro” es un término que aparece en diversas tradiciones religiosas y culturales, por lo que la inclusión musical es importante destacarla. Igualmente, para el budismo, se utiliza como un ejemplo de impureza inherente, donde otros elementos se contaminan al contacto con él. Pero en otras tradiciones es precisamente la carne de perro la que salva una vida consumida como alimento, esto también está en la obra. Toda una amalgama filosófica que como mínimo nos hace reflexionar.
Ya lo dijo Szymborska, todo lo personal es político. Y esta obra, eminentemente personal, también es política.
Ficha artística
Helena Martín: dirección, coreografía e interpretación
Pablo Peña: composición musical, espacio sonoro e interpretación
Carlos Roó: ayudantía de dirección
La Figuranta producciones: producción
Gloria Montesinos: diseño de iluminación
Davinia Fillol: diseño de vestuario
Juan David Cortés: fotografía
Jesús Pedroche: vídeo









