8 de marzo
Museo del Traje
Fotos Elena Quintanar

Gigantes de luz bailan el riesgo

Nuria Ruiz de Viñaspre

Como tres gladiadoras aparentemente invencibles e inseparables que se exponen en un espacio-tiempo también aparentemente invencible, llegadas de tres mundos, las bailarinas Montes, Dallery y de Paz, de la Cía. Lucía Montes & Mado Dallery, se unen y desunen con la misma naturaleza que hay en la caída. En cada acción esconden una reacción: dos movimientos, uno terrenal y otro más indescriptible, rayando esa nebulosa zona interestelar tras un imaginario cataclismo. Entre ambos, dos verbos para definir lo sostenido: caerse y levantarse. Continuamente. Sabemos que las gladiadoras eran esclavas que luchaban en la arena de los anfiteatros romanos para entretenimiento del público. Pero en “After the drop”, no hay lugar para el entretenimiento, hay tres cuerpos inicialmente furiosos y que vistos desde arriba bien pudieran ser tres aspas de alguna turbina eólica despedida tras un colapso al espacio sideral. Gigantes de luz que capturan del viento la energía cinética para transformarla en precisos movimientos rotatorios dando vida a la comunión que hay en lo circular. Tres oníricas aspas aerodinámicas unidas por un mismo eje de viento que avanza y desavanza y por el que giran infinitas en busca de otro interespacio. El riesgo aquí es ese eje. Un riesgo funambulero donde la altura, el peso y el equilibrio son otras tres aspas. Ellas son esos átomos que se atraen, se dispersan y se vuelven a juntar para llegar a la transformación. Ellas, que quieren ser cuerpos danzando en torno a un círculo, se estiran y se curvan siguiendo la línea de su imaginario. Pues hay un ritmo rotundamente circular en este trío. Sus “primitivos” cuerpos no solo son una forma geométrica, sino el impulsor de toda la pieza. Tanto es así que su disposición en el espacio crea un óvalo dinámico que genera un gran simbolismo con la unidad y el cosmos. Bajo un ritmo centrífugo, nos hacen pensar que a veces quieran salirse de los márgenes de este mundo –no comulgan con sus leyes– por la gran fuerza que tienen sus giros. Ellas son un pictórico triángulo formando un círculo de profundo trance y de éxtasis colectivo. Porque esta obra habla de lo colectivo.

La joven y rigurosa compañía conoce bien cómo funciona el cuerpo como bloque de construcción, con esa gran versatilidad para el ensamblaje, como esa herramienta para modular la expresión que hay en la caída, reforzar el peso del otro con el propio peso, saben es lo que es el apoyo mutuo. Aquí no hay un solo momento en el que un cuerpo este abandonado al vacío. El sudor de sus corazones es ese piñón o rueda dentada que de nuevo pone en marcha el motor del mundo. Y así como no hay molino de viento o turbina eólica con una sola aspa que no esté unida a otra, tampoco hay ser alguno que no esté engarzado a un otro.

Vivimos en un mundo, como bien dicen ellas, rodeado de catástrofes, de discursos sobre el colapso final, siempre moviéndonos en el precipicio de un posible riesgo global. Pero si hay algo realmente catastrófico en sus cabezas el “yo aislado”, esa errónea idea de que el “yo» existe de manera independiente y sin necesidad del otro”, un mundo donde no exista la interdependencia o la relacionalidad. Ellas nos demuestran en la pieza que con un contacto permanente nada es sin lo otro. Y así, las bailarinas luchan contra lo apocalíptico proponiéndonos una crítica radical contra ese ilógico y erróneamente individualista mundo. Saben que el caos produce pequeños gramos de pérdida de mundo y bloquea la imaginación. Pero “After de Drop” es un bucle de retroalimentación social por todo lo que devuelve, como aquel gigante de luz con sus transformadoras aspas favoreciendo el cambio. Poética y dancísticamente saben que caer no es sino despojarse de la pretensión de la altura alcanzada. Hay una paz particular que solo existe después de la caída. Pues una vez sucede deja de existir de ese modo siendo sustituido por una libertad absoluta, por esa alegría de vivir sin rigidez y la comunión que hay entre los seres humanos y la naturaleza.

Disfrutar de la Cía. Lucía Montes & Mado Dallery es experimentar una sensación extraña tan indescriptible como pudiera ser ese lugar nuevo al que desembocarías tras atravesar un agujero de gusano, ese atajo cósmico para viajar intergalácticamente. Ese puente en el espacio-tiempo donde todo es materia exótica, ese túnel transitable entre dos puntos. Es cierto que ahí la gravedad del espacio-tiempo te haría pedazos, pero Lucía Montes & Mado Dallery saben jugar con un extraordinario rigor elementos tan volátiles como el peso, la gravedad, o la desaceleración, concebida como ese frenado a cámara lenta, consiguiendo transportarte a lugares desconocidos.

Llama poderosamente la atención la parte gestual de las bailarinas. Metidas en los acertadísimos trajes de Carla Paucar, los gestos de sus manos, intentando agarrarse a lo que esta detrás del vacío y sobre todo de sus rostros, son muy a destacar, eludiendo en todo momento que la mirada se les quedara petrificada invitando al ojo a saltar el vacío y continuar el movimiento.

Termino con un extracto del Canto I, Altazor (Vicente Huidobro) que me vinieron a la mente tras ver “After de drop”.

[…] déjate caer sin parar tu caída sin miedo al fondo de la sombra
sin miedo al enigma de ti mismo

acaso encuentres una luz sin noche
perdida en las grietas de los precipicios


Ficha artística

Dirección: Lucía Montes y Mado Dallery
Interpretación y colaboración coreográfica: Lucía Montes, Mado Dallery y Beatriz de Paz
Música original: Aire
Vestuario: Carla Paucar
Fotografía: Rocío Aguirre

comparte
Resumen Ellas Crean 2026